TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Un descalabro"

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La corrida que cerraba el primero de los tres tramos de San Isidro fue un pobre espectáculo

Con su valor templado, Fortes, sin embargo, consigue dejar huella

Juan Leal arriesga con el toro más difícil.

Madrid, 23 may. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 23 de mayo de 2017. Madrid. 13ª de San Isidro. Casi veraniego, nubes y claros. 18.000 entradas de abono vendidas, 15.000 almas presentes. Dos horas y veinticinco minutos de función. Un minuto de silencio en honor de las víctimas del atentado de Manchester. A media asta las tres banderas de las Ventas. Cinco toros de José Enrique y Nicolás Fraile, tres -1º bis, 2º y 3º-, con el hierro de Valdefresno y otros dos -5º y 6º-, con el de Fraile Mazas. Y un sobrero- 4º bis- de Carriquiri (María Briones). Daniel Luque, silencio y silencio tras un aviso. Fortes, silencio tras un aviso y silencio. Juan Leal, saludos tras un aviso y silencio. Dos puyazos de mucho oficio de Germán González al sexto.

ANTES DE SOLTARSE EL SEGUNDO sobrero, un lindo cinqueño colorado de Carriquiri que había ya sido reserva en tres festejos previos, el espectáculo estaba tocado y hundido. Plomizo. Determinado por la desganada renuncia de los tres toros que se habían jugado y muerto a espada. Marcada la primera mitad de corrida por dos devoluciones. La del primer valdefresno, cinqueño, en tipo, con las mejores hechuras del toro tipo de la casa -Puerto de San Lorenzo-, hondo y bajo de agujas, que todo lo hizo bueno –el trantrán de salida, la manera de doblar y volver, la forma de emplearse en la primera vara a pesar de acudir al caballo ya lesionado-, todo menos tenerse entero de pie. Al salir de un lance de saludo se pegó una costalada terrible. Al alzarse tras un buen rato, pareció partido en dos. Derrengado.

Hubo, sin contar el lindo Carriquiri, dos toros de excelente remate: ese primer Valdefresno que tan pronto se fue al limbo y un primer sobrero, cinqueño, de cuajo rotundo y gran seriedad, del hierro de Adelaida Rodríguez, que galopó con ganas y estilo pero salió batido de la primera vara y se derrumbó bajo el peto sin llegar ni a cobrar la segunda.

Así que, antes de asomar el sobrero de Carriquiri, se llevaban ya vistos cinco toros. Los tres que murieron en la arena, de Valdefresno. Como Daniel Luque corrió turno, un cuarto de sorteo y primero bis sin fuerza, de mortecino y franciscano son; un segundo de reata histórica –“Cigarro”- que solo tuvo cinco embestidas primeras muy golosas, pero se vino abajo tras ellas, ningún celo; y un tercero, veleto, serio por delante, que se enceló en el caballo de pica pero sin empujar, y fue, en la muleta, el más difícil de la corrida toda. Antes de rajarse, desarrolló sentido, se metió y revolvió, se rebrincó, escarbó y reculó. El atanasio peligroso y agrio de la leyenda dura del encaste. Juan Leal se jugó guapamente el pellejo con él. Vergüenza torera, valor, un clamoroso desplante. No a todos sedujo el sentido del arrimón sin truco ni ventaja, pero, única tarde en la feria, no cabía bajar los brazos.

Luque cumplió en faena justificatoria. Fortes hizo esas dos mismas cosas –la vergüenza y la justificación- pero otras cuantas más. Todas llevaron firma muy distinguida: la armonía para buscar despacio en el fondo del toro, el pulso templado para tenerlo de pie, la calma propia del valor. El comienzo de faena, de rodillas en los medios y de largo, fue lo mejor de la tarde: las solo cinco embestidas mayores del toro y una tanda de muy buen dibujo. A toro parado, se vio a Fortes respirar con autoridad indiscutible. Por veleto y astifino, fue toro incómodo.

Tanto la faena de Fortes como el esfuerzo casi épico de Leal fueron de aliento por lo largas. Castigadas las dos con sendos avisos. Por todo un poco el espectáculo se vivía como un descalabro al comenzar la segunda mitad, que fue bastante peor que la primera. Tardaron un mundo en fijar al sobrero corraleado de Carriquiri, muy corretón y abanto, lidia morosa y nada resuelta, el toro rodeado de rayas afuera por la tropa y, en fin, la desilusión de ver cómo el toro se paraba a los diez viajes. Tranquilo Luque, y nada más. El quinto toro, un pavo de 570 kilos, si enmorrillar, larguísimo, se aplomó sin remedio. Un marmolillo. Otra vez volvió Fortes a estar firme de verdad, seguro y sereno, pecó incluso de ceremonioso. Conmovedor su silencio. Pero ya eran las nueve y pico de la noche, nada contaba. El sexto se fue al suelo estuvo a punto de derrumbarse. No dejaron a Juan Leal perder el tiempo. Si la feria está dividida en tres tramos, esta corrida tan desdichada fue la última del primero. Un borrón.

Postdata para los intimos.- De vuelta de curarme males en la Carrera de San Jerónimo -un Centro de Salud entre las Cuatro Calles y el Congreso-, y de paseo por Ventura de la Vega hasta la calle del Prado, vi que estaban vaciando en sacos el interior de la Toscana, un garito de dueño leonés -el bueno de Boni, que murió hace ya tiempo- que tuvo el ingenio de darle el adjetivo de toscana a una ensalada de tomate, cebolla y atún muy aceitada, ración ingente. Hace treinta años no estaba de moda en Madrid mezclar el tomate con el atún o el bonito. Y en su busca ese viaje a la Toscana. Lo hice muchas veces.
En la Toscana taurina mandaba el señor Curro Fetén, inolvidable amigo del alma. Las tertulias fijas de Curro y sus íntimos -Pepe Puente, El Rubio de Quismondo, Federico Canalejas...- fueron tres: la del Dorín en la calle del Príncipe, la de La Trucha en el callejón de Fernández y González y la de la Toscana, en la esquina de Ventura de la Vega y  Fernández y González, escritor de folletines bastante menos ligero que la ensalada del Boni. Este cierre definitivo de la Toscana me ha parecido el final ya sin retorno de una época. Para mi el mundo taurino de la plaza de Santa Ana tenía por centro a Curro Fetén, su ingenio, su memoria y su incomparable sentido de la amistad. El ingenio era, entre otras cosas, un sentido del humor descacharrante.

El reclamo de Curro llevó a la Toscana a mucha gente del toro y el propio Boni, de la Montaña leonesa, como don BAltasar Ibán, pero nada torero, se acabó interesando, y yendo a corridas de San Isidro. Cuando el negocio se embaló, Boni abrió enfrente una Toscana II -o segunda- con comedor reservado de cuatro o cinco mesas. El torero de la casa era Paco Ruiz Miguel, que siempre paraba en el Hotel Victoria y no podía ni probar bocado antes de torear. No importaba. Boni lo agasajaba igual. Como El Rubio era picador de la cuadrilla, la amistad se hizo íntima. Y la admiración. Para decorar la pared maestra de la Toscana II Boni encargó una foto gigantesca de mural. Ruiz Miguel y su cuadrilla: Martín Toro, El Rubio de Quismondo, El Formidable, Juanito Sánchez, Juan de Triana y Garbancito. Y, naturalmente, Pepe Luis Segura, apoderado de Paco. Una foto espléndida. Todos, sonrientes en un patio de caballos. Y, luego, una de Miura. Quebró la Toscana II no por nada, sino porque nadie quería irse de la vieja. El apego al tomate.
Última actualización en Miércoles, 24 de Mayo de 2017 08:47