TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Una faena soberbia del mejor Talavante"

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Y otra de firmeza, temple y gobierno de Castella

Dos sobreros de buena nota de Buenavista y Mayalde

Infortunio de Javier Jiménez, descubierto por el viento en el sexto toro y herido de gravedad

Madrid, 19 may. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 19 de mayo de 2017. Madrid. Corrida de la Prensa. Primaveral, fresquito, ventoso al final. 24.000 almas. Dos horas y cuarenta minutos de función. El Rey, en delantera de Preferente junto a Victoria Prego, presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, recibió el brindis de los tres primeros toros. Cuatro toros - 2º, 3º, 4º y 6º- de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo Fraile), un primer sobrero -1º bis- de Buenavista (Clotilde Calvo) y un tercer sobrero -5º tris- del Conde de Mayalde. Sebastián Castella, ovación tras dos avisos y ovación tras un aviso. Alejandro Talavante, silencio y una oreja. Javier Jiménez, silencio y herido por el sexto. Castella mató el toro de gran estocada. La cornada de Jiménez, de dos trayectoria de 20 y 15 cms. en el tercio superior cara interna del muslo derecho. Dos buenos pares de Juan José Trujillo al sobrero de Mayalde.

ESTABA POR LLEGAR la inevitable corrida rompecabezas de San Isidro. Fue esta. Nueve toros de cuatro hierros distintos, tres sobreros cinqueños, un escándalo al asomar y al derrumbarse el segundo de ellos, de Torrealta, entre aleonado y abecerrado; pancartas en sol reclamando más toro solo un día después de lidiarse la de Parladé; una corrida del Puerto de San Lorenzo que pareció improvisada sin estarlo pero por debajo de la notable línea habitual de la ganadería en Madrid; y, en fin, esa gana de bronca y fiesta a la vez que al cumplirse nueve días de feria siempre estalla en las Ventas como una fase lunar.

 

No solo: el Rey Juan Carlos en su delantera de Preferente junto a la presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid y la más alta representante de Comunicación  del Gobierno. El himno nacional cuando el Rey emérito iba a tomar asiento. Lleno hasta la bandera. La primera de las cuatro tardes que Talavante tiene firmadas en primavera en Madrid, dos de ellas dentro del abono. La primera también de las dos de Castella y la última de las dos de Javier Jiménez.

La corrida fue, para bien y para mal, un carrusel de sucedidos en su mayoría infaustos, solo que dos sobreros, un primero bis de Buenavista y otro de Mayalde, quinto tris, dieron fiesta mayor. Distintos en traza, son y estilo, fueron muy notables. El contraste con el todo y las partes del deslucido envío del Puerto vino a realzar sus calidades y su protagonismo. El de Buenavista, muy en Juan Pedro, largo, tocado de pitones, armónico, bravo de principio a fin, prontitud, movilidad, entrega; el de Mayalde, mucho más ancho, pero más bajo de agujas, chepudo y sillote, 580 kilos, había sido enchiquerado como sobreros do o tres veces y no entraba ni en cálculos.

Aunque acusó de partida el corraleo -oliscar, asustarse, soltarse sin fijar y blandearse en el caballo al ver salida- el de Mayalde fue, en la privilegiada mano izquierda de Talavante y solo a partir del tercer viaje, el de más hermosa embestida al ralentí de cuantos se llevan de feria. La faena y el trato de Talavante fueron por todo un prodigio: la despaciosidad, el temple que llevaba al toro cosido al engaño y mecido como acariciado, el dibujo en semicírculo, la ligazón de las que fueron cuatro primeras tandas casi idénticas de medida pero cada vez más despacito, los cambios de mano en apertura o broche de tanda, los de pecho a suave pulso, la verticalidad.

El ritmo fue de una suavidad formidable. El gobierno, también: la faena en un solo terreno mínimo. De pronto empezó a ponerse de pie la gente. Entre tanda y tanda. El final, con Talavante despatarrado en el toreo de frente pero enroscado, lacios los brazos, suelta la muñeca, bello el vuelo del engaño al natural, fue apoteósico. Una gran estocada. Solo una oreja. Trabajo digno de las dos. Y el regalo secreto de Talavante: la brevedad, cortesía de los grandes toreros. Todo lo que quiso el torero y pudo el toro, tan entregado como todo el mundo, en menos de cinco minutos. ¡Ya era hora! Habían dado las nueve hacía un rato. ¿Corrida interminable? Lo habría sido sin la aparición somera y genial de Talavante.

Al sobrero de Buenavista, de tanta nobleza de bravo, le dio cuerda suelta Castella en una faena de tanta resolución como templanza, firmísima según ley del torero de Béziers, de un dominio abrumador porque, por bravo, no fue sencillo el toro. El encaje, las soluciones de una primera parte de faena excesivamente larga o redundante, los desplantes entre los cachos del toro con Castella columpiándose desafiante sobre el testuz y sin escape, lejos de todos. Los rizos y ochos del repertorio propio. Péndulos del repertorio de Dámaso González, que los reinventó y patentó. La faena se subrayó con clamores. La coda: un desplante frontal rodilla en tierra. Un aviso antes de la igualada. Una estocada trasera sin muerte. Un segundo aviso, dos descabellos. Un despilfarro.

 

Contrapunto del festín de Castella y Talavante fue, pasadas las nueve y media de la noche, la cogida de Javier Jiménez en el sexto de sorteo. Cogida provocada por un viento recién levantado que lo descubrió. Por el hueco se metió e hizo presa el toro del Puerto, el más en lisardo y el mejor de los cuatro supervivientes. Cornada de infortunio, muy hermosa la decisión del torero de Espartinas que tan bien toreó el 11 de mayo un  toro de La Quinta, el más ofensivo de lo que va de feria. Y lo demás: el primero de Talavante, rebrincado, acusó un lesivo puyazo trasero y dio pobre juego; el tercero, derrengado, se derrumbó y apenas se tuvo; Castella se embarcó en largometraje con el cuarto, que solo quiso en querencia pero no le dejaron. Muchos, muchísimos capotazos de más. En ese toro, y en todos los demás. Salvo en el de Mayalde.

Postdata para los íntimos.- En la esquina de Jorge Juan y la antigua calle del General Mola -Príncipe de Vergara antes y después de Franco- había una de las tantas tabernas de beber y comer del Madrid taurino. Casa Puebla. La casa de los Bienvenida -el 3 de General Mola- estaba prácticamente enfrente.Los Bienvenida, muy sociables, no fueron gente de taberna pero el aura de la dinastía irradiaba los lugares cercanos. Los toreros eran entonces gente mucho más cercana. Conocí en los años 70 Casa Puebla. No sé si en sus mejores días, tal vez su pasado fuera todavía más brillante. Un banderillero retirado llamado Valbuena era el eje de las tertulias en torno a la barra de zinc y madera o en las mesitas de la entrada, y hasta en el comedor. Había muchas fotos buenas en cuadros de marcos macizos o de metal cromado. El ambiente, de vuelta de los toros, era muy grato. No chillaba la gente tanto. Se conversaba.

Hace unos días escuché  contar a Agustín Díaz Yanes en una entrevista de radio la importancia que en su frustrada vocación de matador de toros tuvo el ambiente de aquellas tabernas o cafetines de la Fuente del Berro -El Trébol, La Escalita- donde los toreros tenían su tertulia diaria a la hora del aperitivo. Agustín -Tano para quienquiera que haya tenido la fortuna de tratarlo- contó una cosa singular. Todos los toreros aquellos -matadores y banderilleros de distinto rango, mozos de espadas también- acudían a la tertulia impecablemente trajeados, afeitados, peinados y lustrados. Y se trataban algunos de usted.

Cuando veo a Pedro Madriles subir tan compuesto y elegante al palco de las Ventas como asesor, evoco los días y las noches de Casa Puebla, o las tertulias de La Escalita o El Trébol, a las que asistí de oyente alguna vez. Doy fe del trato tan de respeto entre los toreros de Madrid. Hubo una generación de los años 40 y 50 llamada de "la Fuente del Berro", nombre de un barrio y de la calle de entrada a los corrales de la Plaza Vieja de Madrid. Madriles  -el aire de torero de los de antes, tan señorial- estaba ayer en el palco. Una tarde en Bilbao, en su año de retirada, tercero en la cuadrilla de Óscar Higares, estuvo a punto de desbaratarlo un toro de Miura de dimensiones desproporcionadas. Brutal cogida. Pero no pasó nada. Por la noche, en las escaleras del Ercilla, estaba esperando a subirse a la furgoneta para volver a casa.
Ayer, camino del oftalmólogo, pasé por delante de Casa Puebla, y por delante de la casa de los Bienvenida, y fue haciendo zigzagueo hasta llegar al médico.Como yo estaba prendado de los autobuses Leyland de dos pisos, tan prendado que me iba de casa para verlos pasar, mi padre decidió un día llevarme a las cocheras de la calle (de) Alcántara. A la caída de la tarde. Cincuenta y tantos autobuses juntos. Como elefantes en una reserva.
Creo recordar que Valbuena murió atropellado frente a Casa Puebla.

 

Última actualización en Viernes, 19 de Mayo de 2017 23:30