TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Mansos ventorrillos, habilidades de Morenito, valor de Román"

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Corrida muy deslucida de Fidel San Román, pero con un quinto toro de buen juego

Una oreja para el torero burgalés, todo oficio

El joven valenciano deja sentir su ilusión

Madrid, 12 may. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 12 de mayo de 2017. Madrid. 2ª de San Isidro. Nubes y claros, ventoso, fresco. 14.000 almas. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de El Ventorrillo (Fidel San Román). Eugenio de Mora, silencio tras dos avisos y silencio. Morenito de Aranda, saludos y una oreja. Román, silencio y palmas tras un aviso. Picó bien Héctor Piña al segundo. Notables pares de Roberto Jarocho, José Manuel Zamorano y Pascual Mellinas, la cuadrilla de a pié de Morenito. Saludaron los tres.

MANSEARON A MODO tres de los cuatro primeros toros. Con ellos se inició el desfile de ganaderías de sangre Domecq que serán mayoría absoluta en San Isidro. La corrida de El Ventorrillo fue prueba contundente de cómo se han ido abriendo las ramas del tronco primitivo. Tanto que las flores y los frutos se han hecho irreconocibles.

 

Mansedumbre sin excusa ni atenuantes: sueltos, escarbadores, parados, rajados, distraídos esos tres. O recularon o cabecearon o se quedaron a medio viaje. Se encogieron, se apoyaron en las manos, se defendieron, se dolieron, tardaron, probaron. Buscaron el refugio de las tablas. Cuando el cuarto cobardeó como suelen los toros afligidos, rompió desde el sector torista de las Ventas un coro de palmas de tango. El arrastre del tercero, de espectacular trapío con solo 480 kilos, estampa soberbia, fue castigado con muchos pitos. El del cuarto con una especie de bronca.

El tercero fue el de peor estilo, el más violento, el único propiamente incierto por su acusada falta de fijeza. Expuso con él el joven Román. Un alarde de sangre fría, firmeza llana y sin escondites. Torero en el blanco de la diana. No llegó a disparar el toro, que no fue tanto de sentido como difícil. Lo tumbó Román de una estocada extraordinaria: la fe, la reunión, la ejecución, la salida con la muleta en la mano. La estocada de la tarde.

Del empeño por darles a los mansos trato de bravos no se libró nadie. Ni el propio Román, obligado a exponer: la primera de sus dos tardes de San Isidro, torero novel que asoma la cabeza. Y la convicción, que se dejó sentir. Tanto como su natural y original desparpajo. De las dos cosas iba a haber segunda exhibición con el sexto de corrida, que manseó como los primeros, pero con peculiar estilo, huyendo y arreando, metiendo la cara también aunque de paso, dos o tres bazas tan solo.

Era la única tarde de Eugenio de Mora en la feria y lo abandonó la suerte sin la menor clemencia. Rajado el primero, que murió escarbando pero después de cuatro pinchazos, un descabello fallido, un aviso y una estocada caída el destino. Y el cuarto de la bronca, de bella y lustrosa pinta castaña, que puso a prueba la paciencia de todos. Cuando Eugenio pretendió insistir, fue cuando rompió la bronca entre los mismos que el jueves vivieron inquietos el juego a veces desconcertante de la tremenda corrida de La Quinta. Una corrida que solo veinticuatro horas después parecía el maná.

Morenito de Aranda, que tiene en Madrid partidarios, probó su oficio de torero bien rodado con un segundo de corrida que, manseandito, resultó de sencillo manejo. Oficio para sacar al toro de querencia, dibujar en aparente desmayo medias embestidas muy desganadas y resueltas con punteo o enganchones. Toro en renuncia, y muy hábil el torero burgalés, a quien sonrió la fortuna en el reparto de toros. Un quinto cinqueño, muy badanudo, engatillado, talludo, negro salpicado y capirote, colgajo muy llamativo, como una bufanda blanca. No era un toro bello pero tenía plaza. Le entró por los ojos a la mayoría. Se movió y descolgó, vino en distancia, claro por la mano diestra hasta que dio en rebrincarse. Toro a menos pero repetidor. Morenito se fue a los medios para abrir de largo y abriendo al toro. Una tanda en el platillo, dos más en el tercio, un punto de teatralidad, paseos y pausas. En corto no quiso el toro tanto. Un cite cruzado muy jaleado cuando la deriva de la faena perdía gas. La gente, no toda, a favor de obra. Un pinchazo, una estocada. Una oreja generosa.

Hubo en el segundo toro un quite audaz de Román capote a la espalda –dos gaoneras muy ceñidas, saltillera y larga- y réplica despaciosa a la verónica de Morenito. El propio Román quitó por tafalleras en el toro salpicado, que había desarmado a Morenito en el recibo. Román recibió al sexto a pies juntos por mandiles apretados pero sin gobierno del toro, que huyó en banderillas y fue el único que bramó. Estatuarios temerarios en un sorprendente inicio de faena, una apuesta valerosa en toreo en distancia y, a toro rajado, una singular pelea con la mano izquierda y en tablas. En un arreón a querencia, una voltereta terrible, con caída de Román a plomo. Como si fuera de goma. Después del batacazo, dos naturales y el de pecho. La emoción mayor de la tarde. Una angustia final junto a toriles, porque el toro se revolvía sin arrojar la toalla. No entró ahora la espada.

Postdata para los íntimos.- Anoche, al volver a casa, pasé por la Plaza Mayor. Estaba ensayando Martirio con la Banda Municipal el mismo concierto que ahora estará en vivo y en directo. Me dejó prendado esa voz maravillosa que, incluso por lo bajito -un frío húmedo amenazante para quien canta al aire libre-, te hace detener la marcha. El canto de sirena. Me amarré a una columna. La copla, la copla. La alegre melancolía.

 

Última actualización en Viernes, 12 de Mayo de 2017 23:07