TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "Roca Rey casi por la Puerta del Príncipe"

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Le corta las orejas a un sobrero de Toros de Cortés que toreó a placer en toriles

Solo por la espada no cumple el sueño de los toreros grandes

Vuelta para el cuarto de Victoriano del Río

Momentos brillantísimos de Castella

Sevilla, 5 may. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 5 de mayo de 2017. Sevilla. 12ª de abono. Ventoso, revuelto, nubes y claros, llovizna en el último toro. Lleno de No hay billetes. 10.400 almas. Dos horas y cincuenta minutos de función. Seis toros de Victoriano del Río. El tercero bis, sobrero, con el segundo hierro de la casa "Toros de Cortés". Premiado con la vuelta al ruedo el cuarto, "Derramado", número 51, de pelo castaño. Castella, silencio y vuelta tras un aviso. Manzanares, saludos tras un aviso y saludos. Roca Rey, dos orejas tras un aviso y ovación. Dos pares excelentes de José Chacón al cuarto.

LA CORRIDA DE VICTORIANO del Río, muy desigual en fachada y condición, fue río revuelto y cajón de sastre. El primero, ensabanado y moteado, capirote en cárdeno y botinero, fue el toro más espectacular de cuantos se llevan jugados en la feria. Y el más bello también, hasta que un puyazo muy trasero, en mitad del lomo, lo dejó repintado con una cincha de sangre. El toro se emplazó después de picado. Después de emplazarse, sacó una desgana infinita. Tanta belleza para nada. Como si al toro se le hubiera ido por la sangre lo que llevara dentro. Castella despachó enseguida.

 

El tercero, del segundo hierro de Victoriano del Río, el de Toros de Cortés, negro carbonero y capirote, apenas se tuvo en pie, claudicó tras un puyazo y fue devuelto. De Toros de Cortés fue el sobrero. 600 kilos, engatillado, bastante mejor hecho que la mayoría de los titulares. Le cortó las orejas Roca Rey al cabo de una faena de tanta resolución como inteligencia, y tanta firmeza como cabeza. Poder, valor y temple. La trinidad imprescindible del torero capaz.

Solo después de una tanda de apertura en tablas por estatuarios jaleados por lo firmes y la suavidad de toques y vuelo, el toro se dio a la fuga al galope y a querencia. Fue de los que se torean en querencia y solo ahí. En terreno del toro, por tanto, se fue a faenar Roca Rey sin dilación, y estuvo toreando y no haciendo nada más que eso desde el primer al último muletazo de una faena muy bien armada y pensada, ligada, suave en las formas pero de llamativa autoridad. Toreo por abajo y enganchado, salpicado en dos remates de tanda con golpes del repertorio temerario de Roca, que esta vez no fue argumental sino anecdótico. Una arrucina, que siempre sorprende; dos rizos de circulares cambiados por la espalda. Pero una y otro abrochados con soberbios pases de pecho. El toreo al natural ayudado, porque el viento molestaba, tuvo rancio aire. Las roscas en redondo, impecables.

La diligencia fue clave, la gente vibró como no lo había hecho en toda la semana. Por encima de la naturalidad, el descaro sencillo de Roca Rey, que tuvo el toro en la mano y a su antojo, y lo tumbó de gran estocada hasta el puño pero perdiendo el engaño en la reunión. La carrera del toro a las tablas contrarias con la espada dentro fue fantástica. La muerte, más lenta de lo previsto. Un aviso mientras resistía el toro. Dos orejas. Unas cuantas banderas de Perú en una grada y en el infinito tendido 11 de la Maestranza. Orgullo nacional. La feria patas arriba. La confirmación del carácter del torero de Lima. No se adivina su techo. Porque no imita a nadie.

Se abrió hueco un rumor expectante, un deseo, de que Roca Rey pudiera salir por la Puerta del Príncipe, gloria mayor de Sevilla. Y casi casi. Si llega a matar en el primer intento al sexto toro, le corta la oreja, la preceptiva tercera para auparse al carro del sol. Pero no lo mató. Sí lo toreó con cabeza y rigor, con su soltura y su firmeza ya proverbiales, y, al contrario que en la primera baza, sujetando al toro, obligando en la contraquerencia, pues en todos los remates de tanda hizo el toro amago de irse. El gobierno fue notable. Dos tandas en redondo, también. Incluso cuando el toro punteaba protestando. Una delicia la tanda de manoletinas -estas sí- previa a la igualada. No le vio la muerte al toro Roca, que lleva este año tirados sin puntilla unos cuantos. Cuatro pinchazos, ninguno bueno.

El toro sorpresa no fue ni el primer galán ni el caprichoso sobrero, sino un cuarto castaño que se empleó en el caballo y galopó en la segunda vara –muy medida-, apretó en bravo en banderillas y tuvo en la muleta cuatro decenas de embestidas claras, templadas, de irse y venirse largo y repetir. El toro que uno espera tener la fortuna de encontrarse en Sevilla. Castella fue el afortunado. La madeja de muletazos cambiados o en la suerte natural, ayudados o no, cosidos con bellas y templadas variaciones –trincherillas con naturales, los de la firma, el de pecho-, fue extraordinaria. Tanto que hasta pudo con el eco de Roca Rey, que podría haberse sentido hasta el final de corrida. Acoplado, encajado, vertical, a gusto Castella con el toro pero en lo que iba a ser una faena larguísima, en parte por el exceso de pausas, que sobraron, y también por la repetición de suertes, tandas casi idénticas, faltó el clamor de una con la mano izquierda. La fuerza de la cosa se fue apagando. Una estocada trasera, tres golpes de verduguillo, un aviso. Vuelta aclamada para el toro. Y vuelta del torero de Béziers, que acababa de dejarse dos orejas en el desolladero y probablemente lo sabía.

Manzanares se llevó del río revuelto dos de los tres toros ingratos. Un bravucón segundo que se dio a la fuga una y otra vez y un quinto anovillado pero más astifino imposible que sacó genio muy revoltoso y no descolgó sino que se defendió mordiendo. Al bravucón lo mató de una estocada contundente.

Postdata para los íntimos.- La sagrada lanzada. Es uno de los bien aireados secretos de Sevilla. Uno de los momentos más duros de la Pasión. Más que la burla sangrienta de la corona de espinas. O que la cruz a cuestas. La sangre de la lanzada es preceptiva en los Cristos pintados y esculpidos. No sé si la Hermandad de la Sagrada Lanzada se llama así, pero ayer, antes de llegar a buscar tesoros de El Jueves en la calle Feria -había unos cuantos- paseé por un trocito de la ciudad que, en días de feria, casi vacío, me parece el ideal del flaneur de mirada atenta. La calle Daoiz, San Andrés, San Martín -donde el azulejo de la lanzada y la plaza de San Martín con sus naranjos tupidos y su palacio del XIX. El patio se puede contemplar. Una fuente romana, el cuadrángulo neoclásico, pocas plantas verdes, muy severo. Y, luego, un discreto callejeo en eses angulares. La calle de Cervantes es muy triste. Parece mentira. El escritor clásico que más veces y mejor retrató la Sevilla de su tiempo relegado a un punto menor del callejero. Mejor así. Siempre que he andado o merodeado por la calle Feria estaba el sol arriba. Como en lo textos de Cervantes. Nunca llueve.

Los anticuarios están a la baja en bolsa, pero volverán. La calle Regina, que lleva desde Feria a la Encarnación, estaba muy animadita. El Colette no es el único cafetín pastelero de Sevilla, sí el más alegre. En un rincón de Regina, frente a la terrible Seta de la Encarnación, hay un La Creme de la Creme dedicada al mismo negocio. Solo que es oscuro y profundo. Lugar para pensar sentado.
El bar Taquilla es el centro taurino de la calle Adriano, corazón del Baratillo, polen de plátano en cantidades subversivas, buenas fotos, buen vino. Es fama la tapa de melva canutera, que era la preferida de Antonio Ordóñez, y solo por eso dio la vuelta al mundo. El callejeo por San Diego, la Carretería y La Caridad es muy recomendable a primera hora de la mañana. El paseo por la acera de orilla del río no me acaba de convencer -demasiado cemento, ¿no?-  pero, si te das la vuelta de pronto, se aparece la Torre del Oro exenta y limpia. Yo la prefiero a la Giralda. ¿Por qué? No lo sé. Enfrente, la línea del horizonte de Triana,pura luz
Mañana se embarcan los miuras del Domingo. El Ayuntamiento de Lora ha traído al Círculo Mercantil de la calle Sierpes la exposición conmemorativa de los 175 años de la ganadería. La historia de la familia de los ganaderos y de las reatas y líneas de la ganadería son igual de entretenidas. Un toro salpicado naturalizado es la estrella de la exposición. Había mucha gente. Prohibido tocar el toro. Es de Miura. Te puedes cruzar con él y perderle la cara. Los sillones de anea blanca del Círculo son tan cómodos que cuesta levantarse al cabo de media hora de película. La película de los Miura, que no es de miedo.
El Donald, adonde lleva todos los caminos. La tarjeta de reclamo lleva por el anverso en cuatro tintas la foto del brindis de El Gallo, que es pura torería. Es la misma foto de la escalera. Dicen unos amigos de Azpeitia que el marisco del Donald se sale de lo común. Se estaba comiendo cigalas como el que pincha aceitunas, Dejaron los caparazones mondos. No perdonaron ni una miga de esa carne tan blanca que brilla.

 

Última actualización en Viernes, 05 de Mayo de 2017 21:35