TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

SEVILLA. Crónica de Barquerito: "Una interminable corrida de banderilleros"

Correo Imprimir PDF

Farragosos y teatrales segundos tercios, logros desiguales pero espectaculares

Tres bravos toros de Jandilla

El Fandi, poderoso, valiente y templado con un quinto de precioso remate

Sevilla, 3 abr. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 3 de abril de 2017. Sevilla. 10ª de abono. Casi veraniego. 6.500 almas. Dos horas y cuarenta minutos de función. Cuatro toros de Jandilla (Borja Domecq Solís) y dos -2º y 4º- de Vegahermosa (Borja Domecq Noguera). Padilla, vuelta al ruedo en los dos. El Fandi, ovación y vuelta. Escribano, silencio en los dos

COMO ERA DE TEMER, fue el enésimo festejo interminable de la temporada y de este abono en curso. No porque se pararan los toros, que se movieron mucho en los dos primeros tercios y, con la salvedad de tercero y sexto, en el último de los tres también. No llegaron ni a sonar  avisos porque los seis toros doblaron de otras tantas estocadas a la primera y de diferente colocación: las hubo bajas y pasadas, sin entrar en detalle, todas de mérito porque la corrida de Jandilla y Vegahermosa salió muy astifina. Los tres últimos, todavía más que los tres primeros. Pasar con la espada, o esperarlo con ella –como El Fandi en su primer turno-, fue todo un trago.

 

Otro trago banderillear en campo abierto, con apoyos o sin ellos, y también en tablas, donde apretaron menos los toros que en los medios, pero con el preceptivo apoyo camuflado. Los alguaciles no se demoraron tanto como en las siete corridas previas de la serie continuada del abono. La nube de fotógrafos tan clásica de la Maestranza, menos nutrida que el lunes o el viernes pasados, salió en seguida y abriendo marcha a la tropa toda. Las seis faenas fueron de aliento por lo largas y no solo por eso.

Hubo hasta tres recibos de rodillas a porta gayola –en la segunda raya Padilla en el cuarto toro, fuera de ella Escribano en sus dos bazas- y la llegada hasta la boca del lobo, obligadamente teatral, runrún de expectación y temor, se comió su correspondiente parcela de reloj. La suelta del toro parece entonces requerir más tiempo. Y más tiempo el fijar al toro una vez librado en la larga de rodillas, porque la suerte es violenta casi siempre y el toro se rebota o rebela. O, sintiéndose espoleado, se alegra más de la cuenta, galopa, corre y vuelve. Los tres toros sometidos al trato de la porta gayola salieron con muchos pies. El cuarto, más que ninguno, y Padilla le llegó a pegar dos largas más de rodillas en tablas y en la paralela, y dos chicuelinas, y una última de rodillas en el mismo paquete.

El sexto, frondoso morrillo, corto de cuello, galopó con caro estilo y sin desmayo, y Escribano tuvo que abrochar el gesto con una larga serie de lances hasta plantarse en los medios porque el toro iba y venía, y repetía sin irse. En el capotazo de remate enterró pitones. Y fue a partir de entonces otro toro, el mismo que acababa de aparecer, sí, pero mermado. El tercero apretó mucho –querencia de adentros- y no dejó a Escribano firmar los lances que tendría soñados. El Fandi entró en la competición de las largas cambiadas de rodillas y le pegó al segundo otras dos, pero en tablas y no al borde del abismo.

Tal profusión terminó por banalizar una suerte de tan alto y particular riesgo en la Maestranza porque la bocana del portón de toriles es la más ancha y profunda del mundo y, aunque la suave rampa de llegada a la arena propicia la movilidad, no hay toro que no tienda a desorientarse. Salvo que lo deslumbre un sol como el de esta tarde veraniega. Treinta grados al sol.

Los preparativos y la escenificación algo estomagante de los seis tercios de banderillas fueron de devorar minutos sin razón. En el primer toro Padilla compartió tercio con Escribano. Los tres espadas banderillearon los dos toros siguientes. En la segunda mitad de corrida, cada uno por libre, en solitario y con muy distinta fortuna. El alarde de El Fandi en un par reunido tras carrera hacia atrás y cediendo al toro querencia fue muy espectacular. Arriesgados los pares de Escribano en tablas y casi cambiando el viaje. Dos cuarteos sencillos de Padilla, lo más ortodoxo dentro de un orden.

Hubo tres, cuatro o cinco pares de los de pasar por delante y salir por el pitón contrario con los dos rehiletes en la misma mano y clavados sin consumarse la reunión. O sea, los pares a violín, que suelen levantar  pasiones. Fue el caso. Cualquier observador habitual de la Maestranza advertiría desde el comienzo que el público parecía el de los sábados de feria o farolillos, que es distinto. Más impresionable y dadivoso, amante de las orejas cortadas.

Solo que no las hubo. Rigor de la presidenta, que contó los pañuelos uno a uno y midió la colocación de las estocadas de Padilla y El Fandi en cuarto y quinto toro. A cambio, vueltas al ruedo con paradas en todos los apeaderos del trayecto. Si llega a venir alguno con la bandera pirata, la bandera también. Sombreros de paja o rancheros de los que se venden en la feria, gorras, una bandera francesa y otra venezolana. Euforia.

Y, en fin, tres toros de calidad. Solo que el primero de corrida, que dio mucho juego, quiso irse a última hora; al bravo cuarto le costó descolgar por la mano izquierda; y el quinto, temperamental, el de más motor y viveza, se acostaba no poco por una mano, pero luego atendía a engaño con sobresaliente fijeza. De no haber librado la gente el pulso con la presidenta, en los tres turnos habría procedido aplaudir  el arrastre de los tres.

El Fandi toreó al quinto muy despacio, estuvo muy mandón y templado, y entero a pesar de llevar en el muslo un puntazo corrido que el toro le había pegado en la primera reunión, de rodillas, de largo y en los medios. Los pases del desdén que abrocharon tanda dos veces fueron bellos. La faena, toda, muy seria, con una última tanda definitiva, la firma que dice “le he podido”. Al toro.

Padilla, aparatoso, muy gritón, se acopló en seguida, abusó de las espaldinas en los dos turnos y, no con el cuarto, que pesaba, pero sí con el primero anduvo a gorrazos. El tercero fue toro pegajoso pero de embestir a trompicones, y no dejó a Escribano estar a gusto. Luego de su prometedora salida, el sexto, claudicante, se aplomó rendido. Algún muletazo suelto de Escribano a cámara lenta. Total, casi tres horas.

Postdata para los íntimos.- Anoche vi cenar en La Piletas dos lenguados cuya frescura sola me hizo sin querer tragar saliva. La piel, el fino pellejito del lenguado, se desprendía solo.y, en prueba de frescura, la raspa quedo limpia como una patena. O como el esqueleto de los congrios disecados. En Calatayud, la pasada semana, leí, en un panel callejero que anima al turismo, que el pescado clásico del país es precisamente el congrio en salazón. Porque era el único pescado que sobrevivía a la larga travesía del Cantábrico al Mediterráneo, ida y vuelta. En el punto de equidistancia entre los dos mares está Calatayud.

Jugarretas políticas, cacicadas y mangoneos interesados frustraron el siglo pasado, y el antepasado también, el ideal de Calatayud de convertirse en un nudo ferroviario de primer orden porque aquí iban a converger el tren Santander-Mediterráneo y el de Madrid-Zaragoza-Barcelona-Port Bou. Y no solo: también la línea de Valladolid a Ariza que sigue el curso del Duero y lleva desde Calatayud al Ebro río Jalón arriba. Pero el Santander-Mediterráneo, proyectado en 1880, no llegó a construirse ni a terminarse y en 1940 se abandonó el proyecto. El tren de Valladolid a Ariza dejó de circular hace veinte años o más. Casi tantos como tiene de vida el AVe de Madrid a Sevilla, que se comió el dinero de tantos y tantos trenes. De Calatayud a Daroca, por ejemplo. O de Plasencia a Salamanca. O de Baeza a Albacete. Etcétera. Un país sin trenes se desvertebra.
Por lo demás, en Sevilla se llama bilbaína a una manera de guisar el pescado blanco en plancha bien regada de aceite y acompañarlo no con el refrito diminuto de ajos tan de Bilbao -o de Orio, Guipúzcoa- sino con dos o tres cabezas de ajo laminadas y cocidas con cebolla transparente y, al menos en El Cairo, con tomate seco también cocido. Un poco extravagante la receta. Pero un pescado bueno puede con lo que sea. Y el ajo también. El Cairo tiene tantos años como el AVE. En la esquina de Reyes Católicos y Pastor y Landero. Lo conoce todo el mundo. Es como una estación de paso pero con parada. El que corta el jamón es uno de los mejores camareros que he conocido en Sevilla. .
Las mesas de Las Piletas, resguardadas por cancelas que las separan de la larga barra, son mesas de las de antes: amplias, muy amplias. Espacio sobrado para todos. Para los que optaron por el lenguado y para los que prefirieron una rodaja mayúscula de corvina, que también te reclamaba como la estrella de un bodegón. La carne blanca encuadernadita, la piel se come porque es muy nutritiva, la espina se saca sola. También se sirve con las láminas de ajo. Y sin ellas. La tortilla francesa es otro clásico de la casa. A Las Piletas peregrinan muchos franceses. De Nimes y de Dax. No a comer la omelette francesa sino a degustar las demás cosas de la carta, que es fiable y abundante. Los camareros son de la vieja escuela sevillana: cordiales, serviciales, rápidos. El precio, bueno.
Y la gracia de todo. La cancela está literalmente forrada de calendarios, uno tras otro, todos del mismo año, y casi todos de tema taurino, patrocinio de toreros que se apuntan a ser motivo de calendario. El modelo Pirelli en versión taurina.Lo que hacen los calendarios es función de cortina invisible. Las mesas amplias parecen reservados. Se puede conversar apaciblemente. Qué gusto! Los postres, para golosos, se muestran en un suculento aparador aparte, Debajo de la cabeza de un novillo del Conde de la Maza que mató Manolo Caballero una tarde de Corpus del año 92 o así. En Sevilla, naturalmente.

 

 

Última actualización en Miércoles, 03 de Mayo de 2017 21:28