TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "Un gran arrebato de Cayetano"

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En el adiós a Sevilla de Francisco Rivera Ordóñez, su hermano menor  brilla en toreo de empaque y alardes.

Corrida de pobre escaparate de Daniel Ruiz, pero con un excelente cuarto.

Una faena cerebral de El Juli con un toro rajado.

Sevilla, 1 may. (COLPISA, Barquerito)

Lunes, 1 de mayo de 2017. Sevilla, 8ª de abono. Primaveral. Lleno, 10.400 almas. Dos horas y veinte minutos de función. Un minuto de silencio en memoria de Manolo Montoliu, de cuya muerte en la Maestranza se cumplían veinticinco años. Seis toros de Daniel Ruiz. Rivera Ordóñez “Paquirri”, que se despidió de Sevilla, ovación y una oreja. El Juli, saludos y silencio. Cayetano, silencio y una oreja

Picó bien al sexto el Chano Briceño. García y Alberto Zayas protagonizaron en ese toro un gran brillante tercio de banderillas y saludaron. José María Soler le puso al segundo un par soberbio. Brega precisa y sobria de Joselito Rus.

ARMADA, PERO TERCIADA y desigual, la corrida de Daniel Ruiz fue de pobre escaparate. Los tres primeros no dieron en hechuras los mínimos del toro de Sevilla. Ni cuajo ni trapío. El segundo, que por la mano izquierda acusó resabios y se vino al bulto, se rajó a las primeras de cambio. El tercero, lesionado tal vez en una costalada antes de varas, claudicante, buscó las tablas también, pero no tanto, y más que embestir agonizó de pie. El primero, en fin, salió tocado de un volatín de los que rompen a los toros, pero galopó en banderillas. Un espejismo: noble, se tuvo mal y apenas, muy justitas las fuerzas.

Los dos hermanos Rivera esperaron a porta gayola a sus primeros de lote y libraron de rodillas la larga cambiada de precepto. El tercero destocó a Cayetano en la reunión, ajustadísima. En pie, Francisco lanceó airosamente, buenos brazos, buen compás. En el recibo, los lances de Cayetano, lineales y bruscos, pecaron por exceso. Del quinto de ellos salió el toro rodado. También el galopito inicial del segundo fue equívoco. El Juli lo sujetó con lances templados, pero del que cerraba la serie salió el toro suelto y huido. Con media verónica singular –por ser el único lance de lidia en ese punto, y por su belleza formal- dejó en suerte al toro para la primera vara. Tras ella El Juli quitó por chicuelinas, tres, salerosas y apretadas, abrochó con media buena y, sobre el mismo viaje de salida de la media lanceó por delante para volver a dejar en suerte al toro. Muy bonito. Cayetano, primera salida, quitó por verónicas encajadas y discretas. José María Soler le puso al toro de El Juli un par de gran calibre: por la manera de llegar, por la reunión y la puntería, y sobre todo por la manera de salir. Una versión del canon rehiletero de Julio Pérez “Vito”.

En los medios Francisco toreó con asiento sencillo el primero, que fue toro noble, pero mirón, desganado y derrengadito, y lo mató al segundo intento de estocada desprendida. Antes, había cumplido con facilidad y gusto un tercio de banderillas bien celebrado. Cayetano hizo caso omiso de los gritos de gresca con que desde el tendido 8 –el sol justiciera de la Maestranza- se reclamó en vano la devolución del inválido tercero y lo tumbó de un bajonazo.

A cargo de El Juli y con el rajado segundo corrieron los momentos mejores de la primera mitad: sacarse al toro de la puerta de toriles, donde estaba, hasta los medios y buscarle ahí el cómo para sujetarlo con toques de suma habilidad, pero solo por la mano derecha. Tenaz trabajo, pero descolgado de hombros El Juli, que solo se enfadó en una tanda final de romperse con el toro. La música dio realce a la faena. Cuando concluyó la melodía del solo de trompeta de Dávila Miura, concluyó El Juli. Un pinchazo hondo, casi media, el toro en tablas no descubrió y se defendió, un descabello.

Cundía el desánimo. Abarrotada la Maestranza. Un par de peleas en sol. Gente agolpada en la bocana de un tendido no dejó de entrar hasta el arrastre del tercer toro. Cambió el decorado: mucho mejor hecho que los tres primeros, el cuarto, cuajadito y armónico, fue toro particularmente codicioso, pronto y repetidor. Embestidas humilladas y descolgadas. Por la mano izquierda no llegó a verse. Por la derecha, sí, y mucho. Francisco Rivera se acopló por esa mano. Faena de buena colocación, suelto el brazo y largo el trazo, el toro en la mano justamente. Una estocada. Y la oreja del toro de su adiós a Sevilla. Hace veintidós años, en la tarde de su alternativa y en la de repetición solo dos o tres días después. Francisco dio en Sevilla el paso mayor de su carrera con dos toros muy bravos: uno de Torrestrella y otro tremendo de Sánchez de Ybargüen. Y hasta hoy.

El quinto, colorado y talludo, levantado, casi 600 kilos, era, por lámina y hechuras, de los que no fallan en la ganadería de Daniel Ruiz. Este salió rana. Las manos por delante, blandura y genio en el caballo de pica, tan brusco que le quitó de las manos el capote a El Juli en un lance de brega, trallazos y más trallazos en la muleta. Nada que rascar. El Juli enterró una buena estocada al segundo viaje.

Bramó mucho el sexto, anovillado. Fue, después del cuarto, el de mejor condición de la corrida. Cayetano metió mentón y riñones en unos lances esdrújulos de recibo. Descalzo, redondeó un quite muy valeroso, abierto con la larga cambiada de pie, del repertorio de Antonio Ordóñez, y cosido con gaoneras muy ajustadas abrochadas con revolera y brionesa. Ahí se encendió el final de corrida. Iván García y Alberto Zayas  banderillearon a modo. Luego, Cayetano sacó a Francisco a las rayas para brindarle el toro. Los dos hermanos se fundieron en un abrazo tan largo y estrecho que la gente batió las palmas con fuerza. Y, al cabo, una faena vibrante y emotiva. Rompió el fuego el alarde de una tanda de rodillas y por alto sacada con tenazas porque el toro se resistía a despegar de tablas. Un cambio de mano de rodillas y el de pecho en pie ligado con él hicieron arrancarse a los músicos. Y a partir de ahí, y hasta que el toro se rajó sin más, un trabajo de llamativo encaje, el sentido plástico para componer la figura y soltar los brazos tan privativos de Cayetano, el empaque propio, los muletazos tirados sin ventaja,  momentos de desmayo por la mano buena del toro. Y en los medios porque quiso el torero dejarse ver. Un cuerpo a cuerpo en tablas cuando se rajó el toro. Y una estocada de rúbrica soltando el engaño en el arrebato mortal.

Postdata para los íntimos.- La tapa de pisto de la Bodega de Antonio Romero en la calle Gamazo es un prodigio. No me ciega mi pasión por el pisto en cualquiera de dos de sus mejores versiones: la bilbaína con el huevo batido y la bilbilitana -de Calatayud- con la piel del tomate y la del calabacín también, y la cebolla muy en grueso. Las texturas y la finura del pisto de Romero son, sin embargo, insuperables. ¡Por solo dos euros una exquisitez! Con huevo frito, tres euros. Vale la pena el viaje al pisto profundo de Sevilla. No recuerdo que el pisto fuera antes tapa habitual. Por el pisto muero.
Colette cerró esta mañana.Y ayer no estaba Colette sino sus discípulas. Y no fue lo mismo. El café, en taza pequeña pese a haberla pedido grande. No quedaban panecillos de cereal y tuve que tragar con un flaco triángulo integral. Y de pronto reparé en que no eran seis las fotos de la Torre Eiffel sino muchísimas más, Pero volveré. Antes de divisar la fachada turquesa de Colette volví a reparar en la pila de tortillas del Patio San Eloy. Solo había cuatro y cuarto. Las cuatro, como ruedas de carreta. En el Zafiro, que en tiempos fue el bar Sevilla-Jerez, dan zumo de pomelo y de naranja. A buen precio. Enfrente del Colón.
Ha cerrado en General Polavieja el Bar Albero, que era templo del currismo: fotos y más fotos,todas muy pequeñas y casi todas buenas. Estaba enmarcada una crónica de Zabala padre, de un Abc del año setenta y poco, con una apología sentida y rigurosa del currismo. No era fácil escribir de Curro cuando se le encendía la lámpara. Lo díficil era contarlo bien sin echar mano de los angelitos del cielo y demás tropos celestes.
La pilastra romana del esquinazo de Enrique Becerra, en la esquina de Gamazo y Jimios, es una de las joyas perdidas de la arquitectura tan desigual y tan ecléctica del Arenal.
La corvina, en mi modestisima opinión, es mucho más sabrosa que el atún. No hay manera de hallarla en Madrid, Sí en Sanlúcar de Barrameda. Y en Sevilla a veces y en verano. No conozco la temporada de la corvina. Donde estaba La Giganta, frente a Santa Catalina, se ha abierto una Trastienda del Balconcillo -el bar matriz está al lado- y ahí fue ayer la para de corvina "bilbaína" con su pimiento rojo picado. Tardaron veinte minutos en hacer la corvina a la plancha. La espera dio fruto.
A las dos y cinco aparecí por La Trastienda en la Alfalfa para el arroz del domingo. Iba con tiempo de ver bajar el arroz de la cocina, que es una fiesta y solo falta que la parroquia se ponga de pie y aplauda. Pero en El Salvador me detuvo un espontàneo y me tuvo cinco minutos escuchando sus protestas por la corrida de Garcigrande. El arroz de La Tratstienda está al nivel del pisto de Romero y la corvina del Balconcillo. Por dos euros y medio -quinientas pesetas- una ración de arroz marinero caldoso y meloso sencillamente inigualable. (NO olvido los arroces de Pepe Sospedra en el Taninos de Castellón, no, pero en formato tapa -digamos- lo de La Trastienda acaba con el cuadro). Dos años sin catar aquel arroz, que ya no hace Juan sino otro que vino hace cuatro o cinco años y ha mejorado el original. Había gente de Madrid en la barra y felicitaron al cocinero. Qué emoción. Manolo el dueño no estaba. La salud, castigada. Hombre tan bueno como su arroz. Han quitado de las paredes del fondo y la de la izquierda loa azulejos sagrados y las fotos de Semana Santa, y en su lugar van dos fotos en color del puerto de Pasajes de San Pedro.
Paseé por San Bernardo. La calle de su nombre sigue siendo un lindo misterio. La estación, en obras a la espera de reconvertirse en mercado. En la escalinata de la parroquia, tan monumental, una gitana rumana pedía limosna. En la avenida de la Buhaira, desierta a las doce de la mañana, pasó un coche de caballos sin pasajeros. Hacía viento y se le voló al cochero el sombrero de ala ancha, y estaba en la calzada. No a mis pies, pero casi. Me pidió por favor que se lo alcanzara, y lo hice. Le sacudí el polvo. "Tenga usted..."
No había devuelto nunca un sombrero en Sevilla. Ni fuera de Sevilla.