TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "Ferrera gana una batalla memorable"

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Una faena de emociones muy intensas con un fiero y bravo toro de Victorino que se vendió carísimo. Casi dos orejas, público apasionado. Un buen trabajo de Ureña.

Sevilla, 29 oct. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 29 de abril de 2017.Sevilla. 6ª de abono. Primaveral, ventoso. 10.000 almas, casi lleno. Tres horas de función. Seis toros de Victorino Martín. Antonio Ferrera, saludos y oreja tras un aviso. Manuel Escribano, silencio y saludos tras un aviso. Paco Ureña, una orea y silencio. Picaron bien José María González y Pedro Iturralde a primer y tercero. José Manuel Montoliu, invitado por Ferrera a compartir tercio en el cuarto toro, prendió un notable par y saludó junto a su matador. El saludo, el brazo al cielo de uno y otro, fue homenaje a Manolo Montoliu, de cuya muerte en la Maestranza se cumplen  mañana veinticinco años.

LA CORRIDA DE VICTORINO salió seria, distinta, variada, guerrera y lista. Todos cárdenos salvo el cuarto, negro entrepelado. Los entrepelaos eran en la ganadería más abundantes antes que ahora. Pues con el entepelao se vivió un episodio casi tempestuoso, de tensión tremenda y emoción fortísima. Hubo tres corridas dentro de una misma. Por delante, tres toros: un primero reservón y mirón, engañoso, que había derribado en una primera vara cobrada con fiera bravura; un segundo encogido, que pareció mirarlo y oírlo todo, artero, escarbador, de sentido, buscón y violento; y un tercero noble, que fue entregándose poquito a poco y queriendo cada vez más.

Ferrera, descubierto por el viento, estuvo firme de verdad con el primero, le consintió reculadas, rebañones y torvas miradas, y trago paquete como si nada. A Escribano lo sacaron a saludar al romperse filas. Era su reaparición en Sevilla tras la cornada tan grave de junio en Alicante y, además, se celebraba, un año después, el indulto del toro Cobradiezmos, de Victorino, que tan bien toreó en estas mismas plaza y feria. El toro del retorno fue la cara opuesta del indultado. Una peligrosa prenda. Habría procedido una faena de aliño o un mero macheteo, que son recursos legítimos y pueden ser de plásticas calidades, pero las dos cosas han desaparecido del repertorio sin razón. La faena fue un sobresalto tras otro.

Con el tercero acertó a enredarse, entenderse y componerse Paco Ureña en una faena de son creciente, como el propio toro. Paciente la apuesta, sin réditos en las primeras tomas y tandas, pero ganada cuando el torero de Lorca ligó una serie en redondo de mano baja, y otra enseguida, y entonces cambió el panorama como de la noche al día. El final, embraguetados y lánguidos muletazos de frente cobrados de uno en uno, como convino, fue feliz. Y el broche de la última tanda con trincherilla, el de pecho, segunda trincherilla y el del desdén, explosivo. Una soberbia estocada.

La tercera parte de corrida contó lo justo. El quinto victorino fue muy noble, humilló y embistió al ralentí, la fuerza justa pero precisa, y Escribano, desarmado en el tanteo, encontró el sitio y casi el cómo, pero en faena de cortes y paseos abusivos, teatrales y cautelares. La gente apoyó lo indecible y la banda de música volvió sin motivo a repetir la tabarra del viernes –dos vueltas al Gallito, de Lope, faena larguísima- pero la estocada, defectuosa, precisó de tres descabellos, sonó un aviso y ya habían dado las nueve de la noche. El sexto, cinqueño, cresta hirsuta, veleto, fue toro escarbador y desapacible, algo incierto, ni dos viajes seguidos iguales ni parecidos. Ureña no pasó  con la espada.

Todo lo que siguió a la pelea de coloso que Ferrera tuvo que librar hasta ganarle la partida al fiero entrepelao dejó de contar. Tal fue el incendio, tanta la bravura y tal la entrega memorable de Ferrera: el valor para retar al toro como en cara a cara, la serenidad para en terreno minado, el del toro, atreverse a jugar con un barril dinamita, y la ciencia cierta para dominar los gaitazos de un toro extraordinariamente temperamental que parecía embestir con el cuello y no con los riñones, pero sin llegar a frenarse tampoco nunca.

Parado, el toro media con la mirada y tal vez con el aliento. Y escarbaba. En cada reunión, en cada postura, en las entradas y salidas, Ferrera arriesgó como si la temporada le fuera en esa baza que se propuso ganar como fuera, y la ganó. Sin perder la cara al toro salvo al final, cuando como por arte de magia pareció tenerlo en la mano. Una última tanda con la zurda, tirando del hocico, fue extraordinaria. La gente se puso de pie varias veces en el último tramo de la faena, que no fue de tan alto voltaje como los previos pero sí los de toreo más redondo.

Trasera la estocada y el toro tardó en doblar antes de morir de bravo. Había derribado también de bravo en varas -un caballo de Peña patas arriba- y había atacado en banderillas muy en serio. Lo ovacionaron por eso en el arrastre. La vuelta al ruedo de Ferrera, con una oreja y casi dos, fue de una sencillez solemne. Veinte años de alternativa, más de veinte cornadas, un año y medio en el dique seco por un percance en festejo menor, y de golpe aquí de vuelta con más ganas y sitio que nunca.

Postdata para los íntimos.- En la fresquera del primer mostrador del Patio San Eloy vi esta mañana, camino del Colette, una pila de ocho tortillas de patatas, una encima de otra, calculé que de veintitantos centímetros de diámetro y tres o cuatro de altura. Ya no quedará ninguna. Hay quien prefiere la tortilla fría. No en el País Vasco, que es el canon. Y jugosa,o babosa. Y al rato,la mesa y el rincón de Colette. Se colaba un solecito como de otoño. Amaneció muy nublado, pero no eras nubes de lluvia. Desde el balcón del hotel, en San Pedro Mártir, se divisan las fachadas de las casas bajas de la calle San Pablo. Por encima de las azoteas, las nubes colmatadas y cárdenas evocaban un paisaje serrano. Primavera en Sevilla.
Me recomendó Colette que, si me iba a comer del pan solo la miga y no la corteza, cambiara el mollete por la barrita integral con cereales troceaditos. Gran consejo. No me había desayunado mejor en Sevilla en todo el tiempo que llevo viniendo. Del techo de café cuelgan prendidas en tres varas de abedul otras tantas ristras de hortensias rosadas y blancas, creo que de tela de organza, no de plástico, y parecen farolillos de feria. Hay un juego de lámparas led distribuidas como las luces de kermesse.
En un pared, cinco o seis fotos con un solo motivo, la Torre Eiffel. Ya conté ayer que el café de Colette y sus vienoisseries son como un viaje a Francia. En la mesa de al lado, cinco jóvenes italianas, sospecho que toscanas -suave acento. y una de ellas, tal vez chica erasmus, les estuvo contando a las otras cómo era la Semana Santa de Sevilla. En diez minutos y sin entrar en detalles. La descripción del barroco de personas y pasos sacros me pareció científica y sentimental. Aunque no lo parezca, entiendo bastante bien el italiano. No el napolitano, no el siciliano, no el calabrés, no el pugliese, ni siquiera el romano, tampoco el friuliano ni el trentino. O sea, el lombardo, el toscano y el piamontés. No es poco.
La fachada barroca y desnuda de Santa María la Real en la calle de San Vicente me parece digna de visita. Con las rejas de clausura del convento de Santo Tomás parece una prisión. La pintura de fachada, en siena, es luminosa. Han cerrado por jubilación la librería El Céfiro en la calle de la Virgen de los Buenos Libros, ay. Otra que cae. Había boda de postín en San Lorenzo, con coral y órgano que se oían desde el patio donde el azulejo del cardenal Spínola. La terraza y la barra del Eslava estaban atestadas a la una de la tarde. ¿Ya? Ya.
Por la Alameda no había casi nadie. La Casa de las Sirenas, con sus mansardas de pizarra, parece la estación del tren de Burdeos. Una manzanilla en el Norte. Cuatro parroquianos en la barra, uno de ellos con bolsa de caracoles. Y una pareja forastera comiendo. Bastante viento. Desde la Resolana a la Plaza de Armas en el C4, y desde allí a la Ronda de Triana en el 43.. A tope el Sol y Sombra. Me cedieron una plaza. No había coquinas. Mañana. . .