TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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ZARAGOZA.Crónica de Barquerito: "Fiesta y cogida de Curro Díaz, pasión de Paco Ureña"

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Una sería y brava corrida cinqueña de Algarra y un espectáculo caro de ver.

Tres faenas de relieve, dos de Curro, una premiada con las dos orejas, y una del torero de Lorca de particular intensidad

Zaragoza, 23 abr. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 23 de abril 2017. Zaragoza. 2ª de San Jorge. Calurosa y luminosa tarde. Plegada la cubierta. 4.000 almas. Dos horas y media de función. Curro Díaz, herido al estoquear al cuarto, intervenido por el doctor Valcarreres de una cornada de dos trayectorias en el muslo derecho, cara interna, de pronóstico grave. Seis toros de Luis Algarra. El sexto, sobrero. Curro Díaz, vuelta y dos orejas. Paco Ureña, silencio y gran ovación tras un aviso. Ginés Marín, silencio y palmas.

Agustín Navarro picó muy bien al sobrero.

UNA CORRIDA DIVERSA y muy seria de Algarra. Cinqueños todos, salvo dos. Un segundo muy ofensivo y un sexto que, malherido por la divisa, saltó descoordinado y fue devuelto antes de asentarse. El sobrero completó un quinteto de cinqueños. La edad bien tomada fue una de las claves, no la única, de la seriedad de la corrida. La seriedad se tradujo en un espectáculo de notable nivel.

Dos toros rebasaron la cota de los 600 kilos. Primero y sexto, de pintas casi idénticas: carifoscos y ojalados, sardo el primero, castaño el sobrero. Atacadísimo de kilos el uno, pero de sorprendente ligereza y buen estilo al humillar; impecable el remate del sobrero que se empleó en serio en varas, y en serio se movió, mucho y bien. El toro que partió plaza escarbó bastante y tendió a huirse y soltarse, pero metió la cara, viajes claros. Tras sentir la estocada dentro se pegó una desesperada carrera en busca de toriles. Rodó patas arriba antes de llegar a la segunda raya frente al portón. Dejó en la caída un inmenso charco de sangre.

Con sus atributos y virtudes, esos dos no fueron los toros que marcaron el signo de la corrida y el espectáculo, sino otros dos muy distintos entre sí y diferentes de los pesos pesados. Un cuarto negro muy astifino, de apenas 500 kilos, así de bajito y de bien hecho, que arrastraba por la arena las borlas del rabo –indicio clásico de bravura en la procedencia Juan Pedro Domecq de primera mano, que es el caso de Algarra- y, luego, con aire incluso de toro viejo, un quinto de cuajo y hondura formidables, de tal trapío y tanta plaza que nada más asomar fue ovacionado con mucha fuerza. El colgajo desde la sotabarba hasta los pechos impresionaba, pero no tanto como la cara. El más ofensivo de la corrida, y el de fondo más agresivo también.

El cuarto, de son ideal por la mano derecha, fue el de mejor condición de todos. Se aplaudió el arrastre con ganas. Pudo haber sido toro de vuelta al ruedo, porque se arrastró sin las orejas y murió de bravo. El quinto fue el de más categoría: por su temperamento mutante y hasta incierto, porque se vendió caro en casi todos los viajes, todos de trepidante emoción, y, sin embargo, se decantó noble en las bazas de mayor riesgo, que fueron unas cuantas, porque, seis días antes de su cita en Sevilla con una corrida de Victorino, Paco Ureña decidió apostar en serio, jugársela sin reservas y ponerse en ese sitio tan resbaladizo donde el toro bravo se somete sin rendirse.

Curro Díaz, puro garbo, exquisita la colocación, gran suavidad con el noble primero de corrida,  hizo con el excelente cuarto muchas filigrana. Firmó preciosas improvisaciones desde el comienzo de una faena abierta y resuelta sin protocolos, enroscado el toro a suerte ligeramente descargada –la pierna contraria por delante de la de carga-, perfecto el remate por abajo del muletazo, a ritmo ligado y cadencioso. Una vibrante faena espaciada en largos paseos y planteada en terrenos distintos pero siempre al borde de la segunda raya. Parecieron muy a gusto las dos partes, el torero y el toro.

Solo que al cobrar una estocada trasera, Curro salió prendido y volteado, el toro le rasgó la chaquetillas por la espalda y le pegó un puntazo en el muslo derecho y parece que un pisotón del que se dolió mucho. La escena, dramática y sentimental, conmovió a la inmensa mayoría. Curro se fue a sentar al estribo a poco más de dos metros de donde el toro, aculado en tablas, agonizaba. Parecía inminente la muerte, pero el toro emprendió el camino de las tablas hacia los medios. No llegó. En la segunda raya se estuvo tambaleando un buen rato. Y al fin dobló.

El contraste del quinto toro y la faena de Ureña fue lo que dio a la corrida su riqueza particular. En los valientes lances de recibo –el toro por ver todavía- el torero de Lorca sacó los brazos y se encajó en serio. La cuadrilla –picador, lidiador y banderilleros- que es competente, pasó apuros. El toro galopaba sin freno de repente pero escarbaba también o cortaba el galope en seco. En los primeros viajes cabeceó y punteó, remoloneaba.

La manera en que Ureña consintió al toro hasta tenerlo en la mano fue de torero mayor. No solo de tragar quina y paquete, sino, sobre todo, de templarse y gobernar, de aguantar, por una y otra mano en cuatro tandas que fueron otros tantos alardes. Luego, se pasó de tiempo la faena. De la estocada, trasera y como fuera, salió Ureña desarmado –el estaquillador roto, dura la reunión- pero con papel de héroe. No quiso descabellar, sonó un aviso, el toro tardó en doblar. Pero sacaron a Ureña a saludar hasta casi los medios.

Por todo eso, y también porque el tercer algarra, acarnerado y justo de fuerzas, corto de manos pero tripudo y cuellicorto,  precisó de recursos, Ginés Marín acabó siendo como torero de otra corrida. Con ese tercero abrió de largo con el cartucho de pescao pero sin apretarse y lo dejó luego muy a su aire. Airoso fue el dibujo de muletazos sueltos en una faena que acabó con Ginés muy encima. El sobrero debió de pesarle un mundo, no solo por sobrero sino porque Curro y Ureña se lo habían puesto casi imposible. Una tanda de tres naturales espléndidos a ese toro último. Pero solo una.

Postdata para los íntimos.- Colas para entrar en las ruinas del foro. Ayer se casaron no sé cuántos miles de novios -y novias- en Zaragoza. Vi la salida de una boda en San Felipe, y vi la iglesia misma, que en los días del Pilar se oculta tras un tinglado de roqueros. Detecté que era boda buena, Por la elegancia de las damas y las corbatas de los caballeros, trajes de sastrería, tocados muy originales, una discreta manera de tirar el arroz. La novia, de blanco satén, muy escotada para ser abril, parecía una ninfa.
Del Pilar vi salir tres bodas en menos de un cuarto de hora. No pude distinguir la nobleza de los contrayentes e invitados, porque me cegaba la luz de la una de la tarde, o sea, la luz de mediodía. De La Seo salía otra caravana de novios militares, ella y él, y con honores rendidos. Había habido otra boda en San Juan de los Panetes. Quedaban granos de arroz por el suelo. Los sábados hay en la plaza del Pilar un mercado de agricultores del país. Un contraste. Esta mañana paseé por el mercado de San Bruno, detrás de La Seo, y vi una buena cantidad de libros antiguos a precio aceptable. Los anticuarios se aburren bastante, no hay compradores. Muy agobiante la feria del libro en Independencia. Compré en la caseta de Prames una guía de Valdejalón y otra de Monzón y su comarca. Del Jalón al Cinca. Todo viene al Ebro
Qué gusto contemplar las fachadas de Santa Isabel y el palacio de Argillo en silencio y a pleno sol. Están reformando el interior de la Magdalena, el barrio está demasiado descuidado. Me ha gustado lo rancio de la dulcería de Quiteria, casi al pie de la Magdalena, al final de la calle Mayor. Ayer tomé un vino en el Praga. Hoy no. El tranvía desde Plaza de España a San Francisco, a tope.