TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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ARLES, FRANCIA. Crónica de Barquerito: "Un primorosa faena de Juan Bautista, protagonismo de Roca Rey"

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Lleno a rebosar en el inicio de la temporada francesa.

Limpio triunfo del torero de Arles, muy medido por la gente.

Impecable el joven peruano –toreo de asiento y brazos- con lote poco propicio

Arles, 15 abr. (COLISA, Barquerito)

Sábado, 15 de abril de 2017. Arles. 1ª de Pascua. Primaveral. Lleno, 11.000 almas. Dos horas y veintitrés minutos de función. El paseíllo, con un cuarto de hora de retraso en atención al riguroso control de acceso a la plaza. Seis toros de la familia Matilla. Todos, del hierro de Hermanos García Jiménez, salvo el quito, del de Olga Jiménez.

Juan Bautista, silencio tras un aviso y dos orejas tras aviso. José María Manzanares, silencio tras aviso y silencio. Roca Rey, oreja y ovación.

Dos certeros puyazos de Puchano al cuarto.

LA CORRIDA DE jandillas de los hermanos Matilla salió en tipo y en peso. Con la edad recién tomada todos menos segundo y tercero. El uno, jadeos roncos hasta la hora de doblar, pegó demasiados taponazos, como los toros derrengados, aun sin estarlo. El otro, el que más se empleó en el caballo, salió pegajoso, pero tan noble como los demás.

Fue corrida más codiciosa que poderosa. Primero y quinto perdieron demasiado las manos justamente por eso. El sexto, tal vez resentido del hierro de la divisa, o acalambrado sin remedio, tuvo frágiles apoyos, y triscó de partida como los toros de un rodeo o las cabras felices. Se dolió en banderillas pero cumplió en el caballo como todos, sin renuncios. El único tardo en varas, el cuarto, rompió luego y sin demora. Fue el de mejor nota de la corrida, se entregó y repitió. Codicia sin mácula, murió de bravo.

Solo dos toros negros: el de los taponazos y la ronquera, y ese cuarto, corto de cuello, algo abrochado. Colorados todos los demás. El de mejores apuntes de esos otros cuatro fue el primero, que abría la temporada francesa. No es honor menor. Dos picotazos terapéuticos y una faena de puro tiento, casi mimosa, muy paciente de Juan Bautista. Hacía mucho calor, seco sol de plomo a las cinco de la tarde y, sin embargo, estuvo fría la gente: con el toro, que no provocaba pero tenía su acento, y con el torero de la tierra y de la casa, que es el propio Juan Bautista.

La segunda temporada de los hermanos Jalabert –Juan Bautista y Lola- y sus socios como empresarios de esta espléndida plaza de toros que es el Anfiteatro romano. El año del estreno fue excelente. Este segundo, que ha reservado para la feria de septiembre su artillería mayor, lleva camino de serlo. Si la corrida de los Matilla, llamativamente baja de cruz, hubiera tenido más fuelle, más plaza o siquiera ese fondito de temperamento que comporta la sangre Jandilla, tal vez se habría sentido más motivada la gente.

Las gradas llenas. Todas. Las de piedra milenaria y las de tinglado montadas contra las paredes de la segunda galería. Once mil almas. Así que en el primer toro del curso pareció que se medía más al empresario que al matador, que estuvo, por cierto, templado, sereno, inteligente, firme y creativo. Muy asentado. Buenos cambios de mano, ligazón, molinetes de recurso, exquisito trato del toro. Los cuatro muletazos de apertura de faena, en tablas y por alto, a una mano y a suerte cargada, tuvieron rancio encanto.

La faena redonda, solo que demasiado larga –un aviso antes de la igualada-, fue la del cuarto de corrida, que en el vuelo de la muleta de Juan Bautista vino siempre enganchado y bien mecido. Un par de tandas primorosas en redondo y, sobre todas las cosas, una tanda de naturales enroscados de alta escuela y, siempre, los remates de pecho o cambiados sin más. Una tanda de redondos de rodillas para abrir boca y romper el hielo, otra de molinetes de rodillas antes de pensar en cuadrar al toro y la propina de dos tandas de tirabuzones cobrados sin la espada, sin rectificar terrenos y alternando la suerte natural y la contraria. Lance que puso de moda hace no tanto un torero Luque que ha desparecido de las ferias como por arte de magia. Juan Bautista recibió al toro con la espada, pero la estocada solo entró al segundo viaje y algo trasera. Dos orejas.

La gente midió a Juan Bautista más de lo pensado, hizo muy poco caso a Manzanares –en su lote el único toro de asperón, el segundo, y un quinto sin fuerza, y a los dos les pegó muchas voces- y recibió y jaleó a Roca Rey como si fuera el protagonista de la tarde.

No terminó de serlo del todo, porque Juan Bautista supo defender su terreno, pero la novedad, la firmeza, la soltura y la capacidad de resolver del joven torero peruano contaron más que cualquier otra cosa. La temeridad de los pases cambiados por la espalda, librados en el último segundo, intercalados de improviso; y la serenidad para subrayar lo temerario, tanto con el pegajoso tercer toro como con el rebotado sexto, que parecía partido en dos y se tuvo en firme por la templanza de Roca Rey.

Y, sin embargo, lo distinguido, de fondo y firma propia fue lo menos visible: los muletazos o los lances de salida por abajo, de rica cadencia, la manera de reunirse o de aguantar estoico la primera reunión de tandas sin mover una pestaña, su gracia sencilla en el toreo firme a pies juntos, su seguridad impropia de torero novel, su manera de respirar tan en silencio. Y su espada infalible: dos cañonazos.

Postdata para los íntimos.- Me ha parecido sentir que este año en Arles menos turistas de lo habitual y, en camio, no recuerdo una corrida de sábado de Pascua con tal llenazo. Ni con tanto calor ni tanta luz.Se mascaba el polvo.