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Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Complicada corrida de Victorino"

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Un sobrero frágil pero de sobresaliente calidad de San Martín, una faena templada y emocionante de Alberto Aguilar, la entereza de Gómez del Pilar en su confirmación  y una entrada espectacular

Madrid, 9 abr. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 9 de abril de 2017. Madrid. Plaza de toros de Las Ventas. Tercer festejo dela temporada. Primera corrida de toros. 17.600 almas. Primaveral. Dos horas y veinte minutos de función. Cinco toros de Victorino Martín y un sobrero -6º bis- de San Martín (Alberto Manuel). Se intercambiaron los turnos de quinto y sexto de sorteo. Iván Fandiño, pitos en los dos. Alberto Aguilar, silencio y saludos tras dos avisos. Gómez del Pilar, que confirmó la alternativa, saludos y silencio tras aviso.

Excelente en la brega y en banderillas Roberto Jarocho, que saludó tras parear al cuarto. Notable la brega de Raúl Ruiz con el sobrero de San Martín. Cuatro capotazos espléndidos de Carretero al primero.

Los tres espadas brindaron un toro a la memoria de Adrián Hinojosa, el “niño torero” de Valencia fallecido el sábado, por el que se guardó un emocionantisimo minuto de silencio, tras el paseillo.

NO SIN MATICES, los tres primeros victorinos fueron como tres gotas de agua. Antes que nada, la pinta clásica cárdena. El escaparate, sí; la condición, no tanto. Duro de manos, el dedo en el gatillo, tardo, frenado y revoltoso el primero, con el que confirmó alternativa Gómez del Pilar. De muchos pies, pronto, de viaje descolgado y claro solo por la mano izquierda el segundo, que, correoso de partida, fue de menos a más. Incierto, tan elástico como agresivo el tercero, que, encogido, se lo pensó siempre y, tras un ataque primero en oleada fiera, se revolvió buscando.

Estilos distintos pero emociones similares. Lo tardo del toro de la confirmación, su manera de quedarse debajo y lo corto de sus embestidas pegajosas sembraron de tensión la faena primera de Noé Gómez del Pilar, que aguantó sin descomponerse ni volver la cara las protestas del toro, tan receloso. Lo había recibido Noé a porta gayola –el toro tomó los vuelos de la larga cambiada casi al paso- y lo mató de una excelente estocada sin puntilla y cobrada sin soltar el engaño.

El aire tan belicoso de partida del segundo –las manos por delante, punteo del capote, mucha velocidad- se fue suavizando en virtud de la brega, sobresaliente, de Roberto Jarocho. Después de varas y banderillas el toro parecía otro. Mirón, como casi toda la corrida, se reviró por una mano pero metió la cara por la izquierda. A Fandiño se le atragantó el toro a lo largo de una faena irregular en logros –no faltó una tanda de notable encaje, mano baja y ligazón- y cuya segunda mitad se encontró el castigo de voces censoras. Ovacionaron en el arrastre al toro. A Fandiño se le fue la mano con la espada.

De esos tres primeros toros el más complicado fue el tercero. Por frenarse tan en seco, por la agilidad de cuello al revolverse, por la manera de escarbar tan amenazante, por su violencia de fondo. Alberto Aguilar libró un tremendo ten con ten sin apenas respiros. Combate a varios asaltos. En todos arriesgó el torero de Fuencarral, listo para librar los trances de compromiso, autoridad suficiente de torero maduro. Y su don de gentes tan personal: su electricidad para llegar al tendido.

Alberto iba a ser el torero de la tarde y la corrida, solo que no con un victorino –quinto de sorteo, de la línea ibarreña, cuajo mayor, corto de cuello y manos- devuelto en banderillas por claudicar demasiadas veces, sino con un sobrero del hierro de San Martín, de elegantísimo porte, remangado de cuerna, muy astifino y astiblanco, negro, cinqueño como toda la corrida de Victorino. De todos los hilos santacoloma-saltillo de San Martín no era el más abundante el de Graciliano Pérez Tabernero, pero este sobrero –criado por el matador cacereño Alberto Manuel, ahora titular de la ganadería- sacó ese son tan noble en bravo que la leyenda atribuye al encaste.

Frágil el toro, que, geniudo en el caballo, claudicó y escarbó un par de veces, pero se estiró al cabo con magnífico estilo. Alberto Aguilar se templó en una faena de particular delicadeza, mucha despaciosidad, hermoso ajuste, y rica medida de distancias, terrenos y pausas. Algunos muletazos enroscados fueron soberbios. Los de pecho, también. Ni un solo tirón en faena pródiga. Un pinchazo, una estocada atacándose y una cogida dura pero sin consecuencias, dos descabellos, dos avisos. No más premio que el reconocimiento.

El cuarto victorino, 630 kilos, hondura excepcional, ventrudo, corto de manos, vuelto de cuerna, fue acogido al saltar con una ovación cerrada. Pronto en el caballo, y en la muleta después, no se frenó ni se revolvió como primero o tercero, pero pesaba un mundo en cada viaje. Fandiño se lo trajo por delante en dos tandas primeras de aliento, que fueron solo esas dos, porque mirón, el toro se fue enterando y comiéndole la moral al torero de Orduña. El otro victorino del lote de Gómez del Pilar fue el más ofensivo de la corrida. Por lo ancho de envergadura, por lo astifino. Agalgado, hocico de rata, cuello de gaita, gateó mucho, salió andarín y tan mirón como el que más. Prueba difícil para cualquiera. Pidió paciencia Gómez del Pilar. Entero, sacó una brillante tanda con la izquierda. El mérito de hacerlo con un toro nada propicio al juego.

Postdata para los íntimos.- Ambientíssimo!