TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

Cuaderno de Bitácora de Barquerito: "Paseando por Castellón"

Correo Imprimir PDF

Castellón. 22 al 24.03.2017

No recuerdo haber visto tan pulido el Parque Ribalta en toda mi vida. Toda mi vida en Castellón, que son unos cuantos años. El parque tiene fuerza telúrica. Tal vez porque se levantó sobre el viejo cementerio del arrabal oriental de la ciudad. Los días de Magdalena son un castigo para el parque: una carpa de mesones genera basura y más basura, en los bancos de azulejo de los laberintos se hace botellón con merienda, y hasta está o estaba permitido aparcar, y los niños no paran de tirar petardos a todas horas.

Me ha parecido entender que este año se ha prohibido aparcar en las veredas laterales o invadirlas. He visto con mis propios ojos cómo desde primera hora de la mañana se extrema el cuidado de las plantas y los setos. Un resplandor particular. Las sendas de arena están impecables, muy barridas y rastrilladas, no se permite a los perros marcar territorio, los parterres de flores están a punto. La poda de plátanos ha sido severa pero las palmeras y los pinos –las copas de unas y otros asoman por encima de la cresta de la plaza de toros sin está sentado en sombra- le prestan al parque esa sombra húmeda y fría de final de invierno.

No ha salido el sol en todo el día. Ni en Castellón ni en el Grao, adonde he bajado a cumplir la visita de todos los años. El Grao (el puerto) y Castellón son tan distintos que parece mentira que disten apenas tres kilómetros y sean la misma ciudad. Era día de mercado. Hay una calle principal corrida, la del mercado,  que discurre en paralelo con el Paseo de Buenavista. El Paseo es la avenida misma del puerto, con sus oficinas de consignatarios, frente a la aduana y los viejos tinglados, que son edificios nobles y sencillos. Las ampliaciones y transformaciones, no tanto.

También la megalomanía constructora tan de la Castellón babélica se cobró en el puerto piezas y prendas. Resisten heroicamente, junto a la tenencia de alcaldía, dos casitas modernistas de tres plantas y semiabandonadas, años 20 o 30. Están en venta. La doble hilera de palmeras de Buenavista es digna de ver. ¡Todas de las mismas altura y fronda! Y serán más de cien. Algún día decidiré contarlas. En el límite del paseo, el Jardín del Puerto, con sus árboles de Judea en flor, es un silencioso refugio.

Más allá empiezan a sucederse las playas de arena que en invierno seducen más que en verano, y están el Pinar, el club de Golf con su viejo motel americano años 50, y el Aeroclub que un día se transformó en aeropuerto como por arte de magia. Un año, cuando en Castellón escaseaban las plazas de hotel, mucho antes de que Internet gobernara el mundo, me alojé en el motel del Golf. Lo recuerdo como un viaje al pasado remoto, o como una road movie de la época de la América nómada. Otro año me hospedé en el hotel Turcosa, que es el verdadero hotel del puerto, en la punta opuesta del jardín y justo cuando empieza o termina Buenavista, y la avenida toma el nombre de Trabajadores de la Mar. El Turcosa vivió sus años de decadencia y fue en el primero de ellos cuando me alojé. Piso alto, terraza al puerto, todavía no se había construido una zona artificial de carpas de merendar, se veía la silueta siempre noble de los Clubs Náuticos, un edificio moruno y un horizonte de mar con acento propio y el tráfico denso de los petroleros.

Por eso, y no solo por eso, también porque en el Grao se come mucho mejor que en Castellón capital digamos, siento por el puerto una inclinación moral. Un vínculo. El mercado de los viernes ocupa las calles de San Pedro, Canarias y Elcano, y la plaza perpendicular del Carmen, donde los puestos de fruta y verdura. Hay alcachofas de Benicarló y Torreblanca. ¿En qué se distinguen? No en el color ni en la estructura geométrica, no sé si en el sabor. La cosa es el tamaño. La de Torreblanca es gigantesca. La de Benicarló, no tanto.

Gente sabia del país dice que fue un error imperdonable abandonar la agricultura en la provincia cuando apareció el maná de las industrias del gres y el azulejo, que trajeron dinero a raudales pero acabaron siendo el pan para hoy y no para mañana. En la primera página del Mediterráneo –el periódico de la provincia- se avisaba anteayer de la posible llegada de una bacteria que ha destruido en Italia el olivar casi entero de Calabria y Cerdeña. También en Castellón hay olivar, no tanto como en Teruel, pero mucho. Y había cultivos de cítricos como los del jardín del Edén. Los naranjos son árbol urbano, como en Valencia, las naranjas caen a plomo. El aroma del azahar y sus pólenes se te meten en la nariz y la garganta, y a veces no puedes ni hablar. Y no es de emoción.

Sigo a arroces: de chipirones con zanahoria y alcachofas, de sepia con judía y galera… En el Club Náutico estuvo de cocinero Pepe Sospedra antes de establecerse por su cuenta. No es común que la gente de Grao renuncie a la vida alegre del puerto para venirse a Castellón, que es una ciudad muy de guardarse en casa. Salvo en estos días de fiesta. Tampoco es normal que el castellonero genuino decida bajarse a la orilla del mar. Aquí no se baja pues todo es llano, llanísimo. La comarca de La Plana. No podía llamarse de otra manera.