TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Cuaderno de Bítacora de Barquerito: El Pasaje Ripalda

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El Pasaje Ripalda, entre San Vicente Mártir y el principio de la calle Moratín, es, que yo sepa, el único de Valencia en su género. El género propio, no sus malas imitaciones.  Los pasajes –calles cubiertas con entradas adinteladas, portones de forja y generoso juego de acero y cristal, suelos y ecos abovedados de mármol- fueron importación de Centroeuropa y también de París. En Albacete y Zaragoza hay dos extraordinarios. Obras decimonónicas del llamado propiamente buen gusto burgués.

El Ripalda, muy elegantón, peca por estrecho, y por una altura desproporcionada para su ancho. Pero es noble. Ahí está la tienda de indumentaria de los Moliner, creo que la que más caro y mejor vende de Valencia y región. Las sedas del escaparate son primorosas Un viaje a los colores que solo la seda tintada es capaz de crear como los rayos de un halo celestial. Influencia oriental.

En el Ripalda se instaló a finales del último siglo una casa especializada, Guantes Camps, que se fundó en 1868 al principio de la calle San Vicente junto a la plaza de la Reina. Los Camps son mallorquines y la dama que ahora regente la guantería ya es quinta generación de guanteros.

Ayer me dijo que los guanteros son en España un gremio en peligro de extinción. Tan contados, me dijo, que se conocen todos entre ellos. Los últimos de Filipinas, la Resistencia mercantil. Cuando la Ley Boyer de arrendamientos empezó a hacer estragos en mil novecientos noventa y tantos,  y a destruir o aniquilar el pequeño comercio y los negocios familiares, los Camps dejaron la tienda de 1868 y se vinieron al Pasaje. Se trajeron todos los cajones y enseres posibles, los que cupieran en un espacio mucho más pequeño.

Pero entras y ahí está casi de golpe el siglo XIX representado en una estantería de entonces, y todo en orden impecable. Guantes de todas las clases. Yo los compro de lana para los toros de Valencia porque a partir del tercer toro se me hielan las yemas de los dedos. No solo guantes: hay pañuelos de nariz y de tocado, y medias y calzas y ropa interior de grado menor, y zapatillas de diseño. Abanicos, bisutería delicada, la tienda huele a limpio. Un escaparte abombado, impecable. Me he traído seis pañuelos, que harán la temporada entera. Los guantes, después de Castellón, solo servirán de recuerdo de la señora Camps, que ha visto nacer sin dolerse las tiendas chinas y ha sido testigo de primera fila de la invasión de las franquicias textiles que se han atrevido hasta con los guantes: de seda, de lana, de piel. Mitones y enteros, de los Hepburn o Hayworth, hasta más allá del codo. ¡Qué elegancia! La de la señora Camps y la de Audrey o Rita. Otra época. Y, sin embargo, no hay quien pase por donde Camps y no se detenga.  Los guantes son para el invierno. No todos.

Las calles llenas. Pero he leído en Las Provincias que el gasto en restaurantes ha bajado mucho. Culpan a los vendedores de latas de cerveza. A las pizzerías de pegote. A las franquicias mexicanas. Ni idea.