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Se torea como se és. Juan Belmonte

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Cuaderno de Bítacora de Barquerito: El socavón del Salvador,

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CdB. Valencia. 18032017

Los vecinos de la Plaza del Salvador denuncian que el solar boquete que tienen delante –la plaza es un socavón parece que sin fondo- es fuente de plagas, olores pestilentes y nido de ratas y termitas. Lo curioso es que las cuatro o cinco casas que se sostienen abiertas al abismo del boquete se mantienen en pie. Dos de ellas, con la gracia de la arquitectura popular/urbana del país. Los balcones neoclásicos romanos. Con su forja sencilla. Fachadas pintadas de crema siena. Hay no menos de veinte pancartas. Sábanas blancas con letras pintadas de negro tizón. Vecinos abandonados. Algunas de las pancartas, en alemán o en inglés. Compradores timados, sin duda. Las gentes que vienen a eso del mediodía desde el Pont de la Trinitat a ver y escuchar la mascletá de las dos de la tarde pasan por delante del boquete y se tapan las narices. Y cierran los ojos.

A un lado del socavón del Salvador, el edificio sórdido de la Facultad de Teología y Casa de Sacerdotes, a espaldas de la iglesia reconstruida. De la calle del Salvador al paseo de ribera del Turia, que en ese tramo se llama Pintor López, por Vicente López, bastante más apreciado en Madrid –sala dedicada en la Academia de San Fernando, obra entroncada con las enseñanzas de Goya, retratos extraordinarios- que en su propia tierra. En el pequeño parterre frente a la iglesia del Temple, hay un busto de López cobijado por cuatro espléndidas palmeras washingtonias, como las de California y las fronteras de Arizona y Nuevo México, que son la matemática de la altura multiplicada por la elasticidad, igual al equilibrio pendular. Árboles magníficos sin fronda, de ralo penacho y esqueleto indescifrable.

Parece mentira, pero al cruzar el río –los jardines del Turia- hasta la Trinidad se siente que se abandona la ciudad y se pasa al arrabal. Tal es la fuerza de la Valencia intramuros, la almendra bordeada por el río. En octubre se cumplirán sesenta años justos de la riada de 1957. La recuerdo perfectamente. Yo tenía once años, recogimos en el colegio dinero y prendas. Imágenes muy dolorosas.

En la calle del Museo –la del Convento del Carmen- hay una tapia de la derruida Casa dels Quatre Gats con un plaquita de azulejo que reza la fórmula habitual de los desbordamientos. “Hasta aquí llegó el río (en octubre del 1957)”. Por encima de mi cabeza. Más de dos metros. Y otros cuatro o cinco sobre el lecho ahora desviado y dormido. Las viejas imágenes del Turia manso son muy elocuentes. Río caudaloso. Hacía las veces de mar dulce.

El último número de la colección de Cuadernos del Museo del Transporte  que editan y patrocinan la Generalitat y la Universitat, dedicado a la muralla de Valencia hace 150 años, es fantástico: se ve la ciudad amurallada y casi colgada sobre el rÍo y sus puentes antiguos, bastante más bellos y logrados que los disparates de Calatrava, tan agresivos. El archivo gráfico de la colección del gran bibliófilo Rafael Solaz provee de fondos e imágenes Ese último cuaderno se vende por el muy módico precio de solo seis euros y lo he comprado en la librería de la Beneficencia.

En días falleros, el museo de la Beneficencia está vacío. ¡En silencio! Una muestra de indumentaria valenciana muy completa y otra de la obra del etnólogo y novelista Joan Francesc Mira, que fue pionero de su ciencia en Valencia y llegó a hacer trabajos de campo en la Tinença de Benifassá –provincia de Castellón- que se tienen por muy rigurosos. Las tesis sobre la Valencia agraria son, al parecer, modelo de investigación de campo. Y solo pasa que en el campo de la región falta mano de obra y la cultura popular, que es la materia de Mira, ha ido desapareciendo del mapa de manera progresiva en los últimos treinta años hasta casi extinguirse.

Los naranjos son, junto con las palmeras, los árboles más numerosos de la ciudad. Esta mañana olía a azahar no solo sutilmente, sino embriagadoramente. Las naranjas brillaban. A la legión de propagandistas rusos que el año 37 vino a Valencia a filmar escenas de la retaguardia les produjo fascinación especial el trabajo de campo de los naranjeros. Los soviéticos decían que las naranjas eran tan valiosas como el oro.

Me he pegado a primera hora una segunda vueltecita por la exposición de la Valencia capital de la República en La Nau. Imágenes de naranjales que parecen dibujados en serie. En blanco y negro, naturalmente. Y no parecen naranjas sino manzanas. Cuando llegó el color al cine ruso, ya Stalin en el poder, un director de ortodoxia soviética, Dovchenko, hizo una película sobre un agricultor que investigó con éxito la genética de los manzanos. Michurin era el nombre del sabio. La manzana mordida del paraíso… ¿soviético?

He pasado por el Pont de Fusta porque el mapa mural de la ciudad del año 37 –una de las grandes maravillas de la exposición- recoge con detalle el viejo trazado ferroviario de Valencia. Un laberinto genial. De eso escribiré en otro momento. Ahora se cumplen treinta años de vida de los ferrocarriles de la Generalitat –la red FGV- y la red no habría sido posible sin el viejo trazado de trenes. Todos surcaban Valencia pero solo uno cruzaba el Turia.