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Se torea como se és. Juan Belmonte

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Cuaderno de Bítacora de Barquerito: Por las calles de Valencia

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En el barrio del Carmen se leen en algunos balcones pancartas con dos protestas que empiezan a ser habituales en muchas ciudades: “No al turismo de borrachera” y “No al turismo de viviendas sin control”.  No son quejas gratuitas.

Una mañana de primavera adelantada, más de 20 grados, el sol calentaba lo justo. Era fiesta en Valencia, pero el Mercado Central estaba abierto. Y también la Sombrerería del León, de la familia Albero, pegada al monumental templo de los Santos Juanes, cuatro fachadas del todo distintas. Los tres escaparates del León son el ejemplo perfecto de lo que era el comercio pequeño y mediano de Valencia, que viene siendo devorado sin remedio por las grandes franquicias.

 

Todos los sombreros de caballero imaginables en el escaparate: el Panamá, el Alabama, el Stetson en todas sus variedades, el Duck, el Tatami, el Bogart y, por supuesto, el Borsalino. Gorras y viseras, chisteras y bombines. De paja o de fieltro, de cuero también. Todas las muestras bien visibles y ordenadas en escalera, algunas piezas montadas en cabezas de maniquí blanco, los precios claramente marcados. Estaba abierta la puerta. Se guarda el rótulo antiguo, que parece de taberna irlandesa. Hoy es San Patricio y Guinness regala sombreros de ala ancha y copa encañonada negra. De 1820 es la sombrerería, Mucho más vieja que el propio Mercado Central, pieza maestra en su género. No tan vieja como la Lonja de la Seda, que está justo enfrente.

Al barrio del Carmen se llega desde los Santos Juanes o desde la Sombrerería paseando primero por una calle singular, la de la Bolsería, llena en fiestas de puestos de artesano o de comida rápida, y luego, cruzado la plaza del Tossal, que marca frontera. Del Tossal salen las dos arterias fundamentales: la calle Alta (el carrer de Dalt) y la Baja (el carrer de Baix). Las dos llevan al cogollo del Carmen. Entre la calle de Morella y la de Raga hay dos ficus australianos gigantescos. Casi tanto como los de la Glorieta. La mayoría de las viviendas del Carmen son de realojo y remplazo de casas que se cayeron de viejas y a pedazos cuando llegó su hora. El barrio, marginal en los años 60 y 70, estuvo muy deprimido. No todo, pero una gran parte. La solución de vivienda social ha sido desigual. Se nota la falta de una cabeza de urbanista atrevido. Pero se salvó el barrio, que tiene vida propia.

El templo del Carmen no es de los mejores de Valencia, donde los hay extraordinarios. Su reconversión en Centro Cultural no ha sido tampoco de las más felices mutaciones de espacios públicos, y eso canta no poco porque el casco viejo de Valencia está sembrado de palacios recuperados. También salpicado de derrumbes.

He visto una exposición de artistas –mujeres- un poco desigual como todas las que se pretenden antológicas. Me ha divertido un vídeo de Mireya Masó que se titula “Pagarem per escoltar el silenci” (Acabaremos teniendo que pagar dinero por escuchar el silencio, traducción libre) y me ha dejado fascinado un mural enorme de fotografía de Montserrat Soto. Cuatro filas de bidones montados, no se sabe en qué lugar, y un cielo inmenso pálido y opaco, que ocupa más del ochenta por ciento de la imagen, y, sin embargo, el muro de bidones puede con todo. Me he comprado por tres euros un librito que la CGT de Valencia y Murcia acaba de editar sobre la fotógrafa húngara Kati Horna (de soltera Kati Deutsch)  que vivió en directo la Guerra de España y perteneció al grupo de fotógrafos de Budapest surgido en los años veinte al descomponerse el Imperio Austro-Húngaro. Robert Capa fue el más brillante de aquella generación.  Hay fotos de Kati muy emocionantes.

Y más paseo y más museo. En el Museo Benlliure (de José el pintor, el hermano mayor de Mariano) he disfrutado de algunas piezas preciosas del hijo de José, Peppino, muerto prematuramente, discípulo no sé si predilecto de Sorolla. El Benlliure José fue un pintor de gran técnica –el color, las composiciones- pero esclavo de los encargos. El Museo está en la que fue su vivienda y su estudio. El jardín, una huerta rescatada del convento del Carmen, es como diría un clásico “muy ameno”. Sin pájaros.

La calle Blanquerías estaba a tope de falleros de Na Jordana. El paseo por el muro del Jardín del Turia, plácido. Al venir desde Serranos a San Vicente, he vuelto a pasar por delante del palacio de Benicarló y, luego, por delante del Palacio Arzobispal, que me parece el edificio menos interesante de todo el entorno de la Catedral y la plaza de Manises. Delante del arzobispado han plantado cuatro furgonetas de Truck Food con música a toda pastilla. Estará contento el cardenal arzobispo Cañizares, que tiene colgadas en el balcón principal las banderas del Vaticano, Valencia y España. Versión actualizada del nacionalcatolicismo regionalista. Ayer leí en una página de internet una entrevista con el teólogo Tamayo, que es teólogo de la liberación, donde se ponía al cardenal a caer de un burro y se hablaba del resurgimiento del integrismo católico español, que ha vuelto.

En La Utielana, un consomé magnífico y una albóndigas de ternera tiernas, que se derretían con la mirada. Y un helado de limón.

Última actualización en Viernes, 17 de Marzo de 2017 21:36