TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Cuaderno de Bítacora de Barquerito: Paseando por Valencia

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De las tres exposiciones de La Nau –el centro cultural de la Universidad de Valencia- la más brillante y provocadora es la de “València, capital de la República”, que ha sido prorrogada. No me extraña. Habría sido un dolor perdérsela. El pórtico de la exposición es un plano mural de la ciudad tal como era o fue entre octubre de 1936 y noviembre de 1937, los once meses en que se estuvieron instalados en Valencia el Gobierno de España en pleno, las Cortes, algunas embajadas y legaciones y las delegaciones de los dos grandes sindicatos de ámbito nacional, UGT y CNT. Gobierno y diputados salieron de Madrid cuando el frente de guerra –la guerra del 36 al 39- se estabilizó entre la Casa de Campo, la Ciudad Universitaria, el Clínico, de noroeste y sudoeste hasta los altos de Carabanchel y la carretera de Toledo. El frente y los bombardeos.

También Valencia sufrió bombardeos. Especialmente sañudos en el puerto y en los poblados marítimos, y hasta en la torre del Micalet –la catedral- donde se instalaron los sistemas de comunicaciones. Si se conoce aunque solo sea a grandes rasgos la Valencia de ahora, es fácil reconocer la de 1936 o 1937. En el mapa están marcados con número de identificación todas las sedes de relevancia: la de presidencia del Gobierno, la de la presidencia de la República, todos los ministerios y servicios dependientes. Los cines, los teatros, los cabarets, las sedes de los periódicos…

Te puedes tirar media hora contemplando el mapa y cotejando. Un ejercicio de memoria histórica o cartográfica. Media hora me he pasado yo, creo que divertido a pesar de que el asunto es digamos duro. La embajada de la Unión Soviética estaba instalada enfrente de la plaza de toros de la calle Játiva en la esquina con Ruzafa. Los nombres de las calles se cambiaron no sé si al llegar el Gobierno de la República o antes. La Gran Vía se rebautizó como Buenaventura Durruti, el líder anarcosindicalista convertido en mito legítimo tras su muerte en el frente de Madrid. Lo que ahora es la avenida de Blasco Ibáñez pasó a ser la Avenida de la Unión Soviética. Calles dedicadas a Lenin y Stalin. La Gran Vía del Antic Regne,  avenida del 14 de abril, fecha tan mítica en el imaginario republicano. Etcétera, etcétera. En 1931 un gran número de calles o plazas con nombres de monarca o del santoral católico ya habían mudado de signo y nombre.

Todo lo cual no deja de ser una anécdota. Nada sobra en la exposición, que es hasta deslumbrante por la cantidad de carteles, libros, ilustraciones y, sobre todo, su aparato gráfico. Las fotos de Finezas, el gran reportero de esos once meses, son un testimonio vivísimo. Los pies de foto están en valenciano. Como todas las anotaciones de la muestra. Por eso se escribe València con acento grave. Las entradas de sección son bilingües castellano-valenciano.

Lo que asombra es que Valencia pudiera acoger de golpe la invasión oficial de 1936 y, en seguida, heridos del frente, y niños y más niños huidos de zonas donde el ejército rebelde no perdonaba a nadie. Hay hasta cuatro audiovisuales –no he podido ver y escuchar sino fragmentos- donde se retratan tantas cosas –entierros, manifestaciones, mítines, desfiles, hospitales, refugios…- que no hay quien escape a la emoción. La vida universitaria, en la misma Nau y en esta misma sala, se interrumpió de golpe.

Las otras dos exposiciones son bien distintas. Una, sobre el daguerrotipo en España. Dos piezas singulares: la perspectiva de la Puerta del Sol de Madrid tomada por Clifford en 1858, antes de la reforma de Lucio del Valle –más o menos, la actual Puerta del Sol- y un retrato de la reina Isabel II a mi juicio psicológico. La otra conmemora los 30 años de la librería Railowsky, la especializada en Valencia en fotografía, la pionera de su especie, con una antología de diez fotógrafos españoles excelentes. Vale la pena.

Al salir de la Nau me ha entrado la melancolía de recorrer algunos de los lugares de la República y me he llegado hasta la plaza de San Lorenzo para contemplar el palacio gótico de los Borgia o Palacio de Benicarló, donde Manuel Azaña se empezó a sentir como Presidente de la República rehén de los conflictos de las izquierdas españolas y víctima del abandono de Francia y la Gran Bretaña. Los diálogos de “La Velada en Benicarló”, su testimonio político en texto dramatizado, se inspiran en aquellos once meses en el palacio, que ahora es sede de las Cortes Valencianas. Entre tantos palacios de todo signo que pueblan la Valencia vieja, el de Benicarló, reformadísimo, es uno de los tres más bellos.