TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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VALENCIA. 5ª de la Feria de Fallas. Crónica de Barquerito: "Firmeza y sereno valor de Paco Ureña"

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Dos faenas irregulares del torero de Lorca, pero distinguidas las dos por su verdad y arrojo. Excelentes muletazos con la izquierda. Una estocada memorable.

Dos notables jandillas de los Borja Domecq padre e hijo

Valencia, 15 mar. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 15 de marzo de 2017. Valencia. 5ª de Fallas. Soleado, fresco. 4.500 almas. Dos horas y veinte minutos de función. Cuatro toros de Jandilla (Borja Domecq Solís) y dos -1º y 5º- de Vegahermosa (Borja Domecq Noguera). David Mora, silencio y silencio tras un aviso. Paco Ureña, vuelta tras aviso y una oreja. Javier Jiménez, silencio en los dos.

LOS DOS PRIMEROS fueron los toros de mejor son. El uno, del hierro de Vegahermosa, de Borja Domecq hijo. El otro, del hierro de Jandilla, de Borja Domecq padre. El primero, de parda pinta, galopó y descolgó, se acostó de partida por la mano derecha –tal vez vicio de manejo- y tuvo por la otra particular calidad. Embestidas francas y claras, notable nobleza. Se llamaba Majestad. El de Jandilla, negro acodado y cornidelantero, alto de cruz, también galopó de salida.

 

Al de Vegahermosa lo picaron al relance y trasero. El de Jandilla casi se come por derecho el caballo de Pedro Iturralde, que no se esperaría un primer ataque tan fogoso. El arreón se saldó con un puyazo traserito y un derribo. Lo probable es que se afligiera el caballo, que resistió solo lo justo. Empujando en serio y encelado en el peto por los pechos, el toro se cebó con los forros de coraza. Lo colearon en vano entre tres monosabios. Al reclamo de capotes no respondía porque tenía la visión tapada por el peto, olería sangre o se habría enganchado con alguna correa.

Cuando el caballo se tendió del todo, pareció peligrar muy en serio. Si el toro se soltaba de la falsa presa, se iría al cuello, que tuvo a menos de medio metro. Al cabo de dos minutos y pico llegó el rescate. Una voz o una punta de capote, que se llevó el toro lejos de la línea de fuego. Para sorpresa de todos, el caballo se levantó como si tal cosa. Sin mirarse, se diría de un torero.

Desmontado por primera vez en muchos años, picador certero y seguro jinete, Iturralde volvió a montarse y a cobrar ahora un puyazo preciso y medido. Y el toro volvió a entregarse en la pelea. Solo que ahora no pudo con el caballo tordo ni con el picador vallisoletano tampoco. Aunque acusó los efectos de la ciega pelea encelada, sin sobrante de gas, sacó en la muleta recorrido, tuvo fijeza y esa nota tan difícil de las embestidas rimadas, prontas y fiables, como programadas.

Con el toro de Vegahermosa no acabó de creérselo David Mora, que abrió por sistema al toro por su gran mano izquierda y le perdió pasos. Faena en un solo terreno pero más plana que feliz. Un metisaca, un pinchazo y una estocada. Paco Ureña se estiró y encajó en el recibo del jandilla de vivo galope. Siete lances de mano alta y distinto calado, capote de mayúsculas dimensiones, y dos medias de remate, una malograda y otra a pies juntos bastante mejor.

Estaba con ganas el torero de Lorca, que ya había salido a quitar por saltilleras en el toro de Vegahermosa –hubo intento de réplica de David Mora por chicuelinas- y se tomó la licencia de llevar al de Jandilla al caballo galleando. Del galleo, apurado por la codicia del toro, se pasó al derribo. Y después de tantos sucesos, a una faena de mucha firmeza pero de dientes de sierra: una apertura por estatuarios tomando muy en corto al toro en tablas, una segunda parte en el tercio de toreo de dos tandas con la zurda, sin terminar de coger el ritmo en la primera y mucho más acoplada la segunda. Entre una y otra, un paseo gratuito. Y tras ellas, dos tandas en redondo de menos sustancia que las primeras. La faena, sin embargo, acabó rompiendo. Tarde e inesperadamente. En los medios. Dos naturales de frente espléndidos por ajuste y trazo, un molinete de recurso y el de pecho obligado porque, después de todo, se vino arriba el toro. Una estocada ladeada y tendida, un aviso, dos descabellos tras haber pretendido que el toro se echara y una vuelta al ruedo que sabría a poco.

El aire de la corrida de jandillas de los Borjas padre e hijo cambió de signo enseguida. El tercero, aplaudido de salida –cornialto, vivo galope, pinta castaña-, sacó muchos pies pero eso fue falsa promesa. Frágil y claudicante, terminó por escarbar –un par de veces- y por tomar engaño al paso y con desgana, la boca acierta después de banderillas. Algún bonito muletazo campero de Javier Jiménez en faena tesonera y porfiona. Los tres de la segunda parte fueron más hondos pero no más bellos que los de la primera. El cuarto, de Jandilla, salió renqueante de varas, esperó en banderillas, se dolió, apretó para adentros, se trastabilló y abrió de manos, murió recostado contra tablas. Procedía abreviar, David Mora se resistió a hacerlo, pero no quedó otra que montar la espada.

El quinto de sorteo era el otro de los dos de Vegahermosa que completaban corrida. Un toro de impresionante cuello y graciosa papada, abierto de cuerna. Toro con mucha plaza, al ataque de salida, en varas y en banderillas, muy nervioso, algo temperamental. Distinto a todos. No estaba claro. Muy en serio la apuesta de Paco Ureña: su firmeza en los muletazos de abrir tandas en distancia de compromiso, su aguante y su ajuste, sus recursos algo desordenados y puestos a prueba por el cabeceo del toro cuando no iba del toro metido en engaño. También a última hora rompió a modo la faena y con la mano zurda. Una tanda soberbia librada en los medios. Y ahí mismo cobró Ureña la que será probablemente estocada de la feria. Por el donde, el cuándo y el cómo, y porque el toro rodó sin puntilla.

El sexto salió a cañón, no atendió el capote de Javier Jiménez en intento vano de larga cambiada. Cuerpo a tierra el torero de Espartinas, que se repuso para lancear con buen juego de brazos y en terrenos del toro, que se vino como un cohete a los vuelos. Este sexto jandilla romaneó en el caballo y tomó la muleta con un ritmo primero que no duró sino lo justo. Toro remolón, una faena de acumular y sumar sin ideas visibles. Se paró el toro. Una tanda de manoletinas improcedente.

Postdata para los íntimos.- En la zona de Cánovas, Gran Vía y Almirante Cadarso hay dos restaurantes de idéntico nombre: Casa Juan. No hay ciudad española sin su Casa Paco o Pedro. Al Juan de la esquina de Cadarso y Burriana,  ya rozando Regne de Valencia –la otra gran vía diagonal del Ensanche- me han llevado los amigos de Aplausos a comer arroz. Siete amigos: Benlloch, José Ignacio Galcerá, Ángel Berlanga, Juan Cristóbal Aranda, Agustín Arjona, Nacho Crescencio con su Libreta y Jorge Casals. Buen ambiente, conversación de toros, memorias y ocurrencias, restaurante sin hilo musical, acústica excelente, que es una rareza. La paella tenía una pinta soberbia. Dicen que la de Casa Juan es una de las mejores de la ciudad. Lo creo. Los platos se han ido al lavadero sin un solo grano. He probado un michirón jugoso. El arroz era como un cuadro. Los granos, despegados como los de las espigas. Es muy difícil. Y yo, un pisto del país, bien aceitado, sabrosísimo. Con dos huevos fritos. Conviene reservar. Solo paellas por encargo.

El paseo ha sido largo. Primero, y antes de un reposo en la Glorieta a la sombra de los ficus gigantes, por zonas tan sabidas como las Barcas y Juan de Austria –tiendas y tiendas, franquicias- pero descubriendo edificios nuevos a la atención y la vista. El modernismo regional está, salvo excepciones, muy logrado. El neobarroco años 30, no tanto. La arquitectura del comercio es incolora e insípida.

La arquitectura del Ensanche es, dentro de su género –construcción burguesa de primer tercio del siglo XX y última década del XIX-, una de las dos o tres más completas de España. Comparable sin demasiada desventaja a la del ensanche Cerdá de Barcelona y, en conjunto, mucho más airosa que los soberbios edificios del de Bilbao. El Mercado de Colón, ahora desamortizado como mercado de abastos, es una pieza brillante del modernismo. En la calle Grabador Esteve, que sube desde Cánovas a la Porta del Mar, hay dos o tres edificios también modernistas de mucha gracia.

Va de arquitectura. La hay de interés y género variado en la margen izquierda del Jardín del Turia entre los puentes de la Exposición y el de Aragón. Los rascacielos de la margen derecha no tienen mayor interés. Los otros, sí. El Palau de la Exposició –la Exposición Regionalista del año creo que 1909- es una especie de pesadilla fantástica, luminosa y gótica en piedra caliza blanca y noble, con su torre gótica  y su parecido con las Houses del Parliament de Londres. A escala, naturalmente. En la reconversión pasó a ser Biblioteca Pública. Iba a cerrar, no entré.

Los edificios mejores de la zona, toda en un pequeño perímetro, son, no sé por qué orden, la antigua Tabacalera –ahora dependencias municipales-, el Asilo de Lactantes –ahora un balneario urbano-, la que fue sede del gremio de laneros –ahora Hotel Westing gran lujo-, la Piscina Valencia –obra neorracionalista creo que de primer nivel-, la sede primera del Archivo del Reino –otra gota racionalista- y, en fin un sencillo pero inmenso cuartel, el de San Juan de Ribera, donde anida el Museo Militar, que es bastante bueno, un cuartel de sencilla traza, ingeniería militar de la buena, con su acento sevillano de infantería, hermano del cuartel viejo de la Puerta de la Carne. Cada uno de esos edificios notable es de estilo y propósitos distintos. No cabe comparar. ¿El asilo balneario que creó Amadeo de Saboya? Tal vez. Y, sin embargo, lo que más me seduce en el pretil del río, de piedra muy antigua, con sus bolardos de remate y su banco corrido que vierte a los pinos de la Alameda y a sus farolas blancas de tres globos. Ese pretil interminable que bordea el Turia y sobrevivió a todas las riadas imaginables.

Y, luego, se cruza el puente de las Flores hasta el Pla del Remei y se busca una casa donde sirvan arroz en paella. Muy sencillo.

 

Última actualización en Miércoles, 15 de Marzo de 2017 21:17