TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Faena mayor de Rafaelillo con un notable miura"

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Pero el trabajo, de carácter, no tiene remate con la espada. Miurada de seria y variada conducta con un sexto toro bravo de verdad en el caballo. Madurez de Castaño, aire bueno de Pérez Mota. Y un original sobrero de Valdefresno.

Madrid, 5 jun. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 5 de junio de 2016. Madrid. 31ª de San Isidro. No hay billetes. 24.000 almas. Estival. Dos horas y cuarto de función. En la meseta de toriles, acompañado de la infanta Elena y su hija Victoria Federica, el Rey Juan Carlos, muy aplaudido. Los tres espadas brindaron al Rey sus primeros toros. Brindis muy celebrados. Cinco toros de Miura y un sobrero -4º bis- de Valdefresno. Rafaelillo, saludos tras un aviso y silencio. Javier Castaño, silencio tras un aviso y saludos. Pérez Mota, silencio en los dos. Picó al sexto Francisco Vallejo con valor y acierto. Raúl Ruiz, excelente en la lidia del tercero, prendió al sexto dos preciosos pares cuarteando. Siempre oportuno el capote de Álvaro Oliver. Espectaculares y meritorios pares de Fernando Sánchez y Pepe Mora.

LA SALIDA DEL primero de los seis miuras fue un espectáculo singular. Se volvió entre los dos portones de toriles antes de saltar y, ya en la arena, hizo ademán de volverse. Luego, se descaró doliéndose de la divisa un poco. Presencia fiera. Era altísimo. Agalgado y, por tanto, largo y flacote. Fue, sin embargo, el toro con más plaza de toda la corrida. Al galopar hasta el burladero de capotes, de donde lo reclamaban, lo hizo abriéndose de manos, como el miura clásico. Al plantarse delante del burladero y estirarse, asomaba por encima de la tabla cimera. Cara serísima. Solo que el espectáculo duró demasiado poco. Pronto al capote, el toro echó las manos por delante, flojeó trastabillado. Se levantaron protestas. Un puyazo con recarga de buena nota, pero del caballo salió exangüe y claudicante. Se repuchó en un segundo puyazo y, en el remate de un recorte, se vino al suelo. Pañuelo verde. Había en reserva un primer sobrero de Valdefresno y Rafaelillo decidió correr turno. Entró en escena el cuarto de sorteo, que iba a ser el mejor de la corrida. Descarado y astifino, frentudo, algo cabezón, 605 kilos, lleno, bien puesto. Rafaelillo se lo sacó de partida a los medios con notables lances por delante. Una hermosa pelea, que ganó Rafaelillo y fue árnica para el toro, que, serenado, se empleó y apretó en dos varas certeras. Antes de arrancar faena, el toro escarbó y en tablas se estuvo doliendo de banderillas.

De tablas lo sacó Rafaelillo en seguida, el toro protestó pegajoso por la mano derecha y, de pronto, la gran solución: en el tercio y en distancia, Rafaelillo citó con la zurda y vino el toro casi planeando. Tres naturales despaciosos, ligados, largos, y el de pecho. Solo fueron el proemio de una faena de rara abundancia: ni una ni dos ni tres ni cuatro, sino cinco tandas una detrás de otra, en el mismo sitio y la misma distancia, con la zurda las cinco, y en tres de ellas se llegó hasta el séptimo muletazo, y el remate. Sorpresa impensada: no son comunes las faenas fluidas con los toros de Miura, y esta fue como un manantial, y no es común dar con un miura de tanta nobleza y embestida tan regular. Toro de una sola mano, pero qué mano. La izquierda. Rafaelillo se recreó, dibujó a placer, los muletazos ayudados fueron soberbios, como el gobierno del toro, que no enganchó engaño ni una sola baza. Final de frente y a pies juntos. Un lío. Pero se había pasado de tiempo la faena y a Rafaelillo le costó un mundo cuadrar al toro. Se enfrió de pronto el coro. Dos pinchazos, un aviso, una estocada tardía. Trabajo mayor sin premio. Gran ovación en el arrastre para el toro, Tabernero, número 17.

No salió ningún otro parecido. El segundo, cárdeno carbonero, playero, el más largo de los seis, barbeó las tablas de salida, pegó dos testarazos contra un burladero, cabeceó en varas e hizo sonar los estribos. Fue pronto y hasta elástico, con fijeza en el engaño pero de cortísimo recorrido. Y, además, toro a menos, de irse soltando antes de probar y protestar. Estuvo fino y entero Javier Castaño, firme incluso cuando el toro le mandó dos recados.

Igual que en Sevilla hace siete semanas, a Castaño lo sacaron a saludar después del paseíllo. En reconocimiento de su fuerza interior: recién superado un duro tratamiento de quimioterapia, Castaño se dejó anunciar en Sevilla y en Madrid con la corrida de Miura. Con las dos ha cumplido más que bien. El quinto de esta tarde final de San Isidro, cinqueño, de alzada descomunal, ligeramente descaderado, no fue sencillo. Castaño se encajó en el saludo de capa en ocho lances templados –tres de ellos, mandiles- y media. Este quinto bramó lastimeramente, escarbó un poco, por falta de fuerzas –los malos apoyos- se rebrincaban y cabeceaba, o se sacudía engaño. El aguante de Castaño fue admirable. Ni un paso atrás. Muleta puesta. Hasta que antes de pararse soltó el toro dos terribles ganchos con la izquierda. Una gran estocada. La madurez de Castaño.

Pérez Mota se estrenaba con miuras en Madrid. Dos miuras de diferente condición. El tercero de corrida fue el más listo de los seis: revoltoso, mucho más pegajoso que ninguno, de frenarse y buscar presa. El toro, lidiado con sabiduría Raúl Ruiz, protestó con genio en dos puyazos y fue, al cabo, de aire incierto. Pérez Mota tuvo el detalle de abrir faena de largo y sin pruebas. La fórmula no siempre suerte efecto con el toro de Miura. A veces sí. No fue el caso. El último toro de la feria, último de Miura, fue en el caballo el de más entrega y seria pelea de toda la feria. Tres puyazos en regla, de largo los tres, de pelearlos sin duelo, empujando, encelado. Eso hizo las delicias de los toristas de la plaza. El toro tuvo en el capote buen aire, pero iba a pagar el castigo. Raúl Ruiz pendió dos pares clásicos impecables. El toro se apalancaba ya entonces y apalancado estuvo hasta el fin. Faena de buen aire y bello trazo de Pérez Mota, siempre refinado, firme para aguantar sin desmayo más de un trallazo del toro. Y faena inteligente: de dejar engaño puesto y de intentar gobernar con suavidad la violencia latente. El toro no metió en la muleta los riñones ni una sola vez. Una excelente estocada.

Y el sobrero de Valdefresno, de estampa singular, cinco años bien lucidos y comidos, atacadísimo, abisontado, muy badanudo, corto, sin cuello, cuajo llamativo. Distinto a cualquiera de los ciento cuarenta y tantos toros soltados en San Isidro. Lo protestaron. Por claudicar de cuando en cuando. Toro noble. Con más fondito, ¡quién sabe…! Rafaelillo lo tumbó de una estocada perfecta.

Postdata para los íntimos.- Y ahora una tregua!

Última actualización en Domingo, 05 de Junio de 2016 22:38