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Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de José Antonio Del Moral: "Sembrado Morante, soberbio Manzanares"

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La tarde rompió en su segunda mitad. Tras la flojera desesperante de los tres primeros toros de Daniel Ruiz, alcanzamos la ansiada gloria con los  toros cuarto y quinto. Morante, que se había lucido de capa en el toro devuelto, se superó a sí mismo con las verónicas en el quinto. Pero  lo mejor llegó con una preciosísima faena de muleta de su exclusiva marca. Pese a matar de un bajonazo el público demandó el trofeo. Manzanares anduvo catedralicio con el quinto, un toro que transmitió por su punto de genio, lo que dio emoción a la obra del alicantino. Pereda, con peor suerte, hizo un gran esfuerzo pero sus dos obras resultaron baldías.

 

Sevilla. Plaza de la Real Maestranza. Domingo 4 de abril de 2010. Primera de abono. Tarde soleada y fresca con viento. Lleno de no hay billetes. Siete toros de Daniel Ruiz Yagüe, todos de muy bellas hechuras. Incluido el sobrero que reemplazó al primero, devuelto por su extrema debilidad. Los tres primeros, nobles pero escasísimos de fuerza y, por ello, muy deslucidos. El cuarto con clase, fue el mejor del encierro. El quinto noble pero con una punta de genio. Y el sexto con no pocos problemas. Morante de la Puebla (verde botella y oro): Pinchazo, otro hondo sin soltar y más de media trasera atravesada, silencio. Estocada baja trasera, oreja. José María Manzanares (burdeos y oro): Estoconazo desprendido, silencio. Estoconazo saliendo perseguido, oreja. Miguel Ángel Perera (azul cobalto y oro): Estocada trasera, silencio. Estocada baja, ovación. A caballo destacó José Antonio Barroso y en la brega Curro Javier, quien, asimismo, anduvo soberbio en banderillas. También destacaron en palos, Juan José Trujillo y Joselito Gutiérrez.

Como cada año, la plaza de la Real Maestranza lució  en su máximo esplendor. Lo del marco incomparable es una gloriosa realidad que el Domingo de Resurrección resulta aún más patente. Mas el ambiente y la expectación, consecuentes con el lujoso cartel. Dos grandes artistas y un valiente  sin tacha. Pero la esperada cita no pudo empezar peor ni más desilusionante por la escasísima fuerza de los cuatro primeros toros que saltaron al ruedo. La devolución del primero, que se derrumbó por completo después del segundo puyazo, apenas señalado, hizo presagiar lo que vino después con los tres toros que salieron por la puerta de chiqueros. La belleza de sus hechuras contrastó con su nula fuerza. Claro que, de haberla tenido, seguro que hubieran dado muy buen juego porque nobleza sí que tuvieron.

Morante aprovechó la dulzura del toro que abrió plaza con unas lentísimas verónicas. Pero eso fue todo porque el toro hubo de regresar a los corrales. Manzanares intentó torear de muleta logrando pases de buena aunque incompleta factura y únicamente en una breve tanda con la mano derecha consiguió redondear tres grandiosos muletazos. Lo arregló todo con su infalible espada.  Miguel Ángel Perera no tuvo mejor suerte que sus compañeros aunque, mientras pudo, logró llegar a los tendidos con sus lances y muletazos tan firmes como cercanos a su oponente. Fue una demostración más del espartano valor que adorna al extremeño, siempre inasequible al desaliento.

La situación cambió diametralmente con la lidia y el toreo que tanto Morante de la Puebla como José María Manzanares, desparramaron frente a los dos toros más posibles del encierro. Con bastante más fuerza que sus hermanos anteriores, el cuarto resultó tan noble como dulce. Y aunque no rompió por completo, sí permitió que Morante recetara cuatro de sus mejores verónicas en el recibo y otras cuatro y media en el quite que puso la plaza boca abajo.

La faena de Morante no fue menos hermosa que sus lances. Basada sobre la mano derecha, el arte afiligranado, sentido, profundo y barroco del torero de la Puebla quedó puesto de manifiesto una vez más. A nadie le importó que matara de un bajonazo. La plaza estaba sobrecogida por lo que acababa de vivir.

Si la faena de Morante fue como la Cartuja de Granada, la de Manzanares con el quinto tuvo momentos catedralicios, sobre todo por redondos y los monumentales de pecho con que remató cada tanda. Lo díscolo del toro y, en momentos, el genio que sacó al abandonarse el torero metiéndose al toro para dentro en el final de los pases, propiciaron instantes de cierto desarreglo y, al mismo tiempo, de mucha emoción. La faena del alicantino tuvo por ello, fases grandiosas y otras muy arriesgadas. El valor sereno de José María compensó todo y la contundente estocada  provocó la unánime petición de la importante oreja que paseó entre grandes ovaciones.

Fue una pena que el sexto no tuviera clase y además sacará peligro. Perera se entregó pero el toro nunca. El esfuerzo fue tremendo aunque el final de máxima cercanía sin que parte del público lo recibiera para bien, terminó de quebrarse  con una estocada en los bajos.