Castellón. 22 al 24.03.2017
No recuerdo haber visto tan pulido el Parque Ribalta en toda mi vida. Toda mi vida en Castellón, que son unos cuantos años. El parque tiene fuerza telúrica. Tal vez porque se levantó sobre el viejo cementerio del arrabal oriental de la ciudad. Los días de Magdalena son un castigo para el parque: una carpa de mesones genera basura y más basura, en los bancos de azulejo de los laberintos se hace botellón con merienda, y hasta está o estaba permitido aparcar, y los niños no paran de tirar petardos a todas horas.
Me ha parecido entender que este año se ha prohibido aparcar en las veredas laterales o invadirlas. He visto con mis propios ojos cómo desde primera hora de la mañana se extrema el cuidado de las plantas y los setos. Un resplandor particular. Las sendas de arena están impecables, muy barridas y rastrilladas, no se permite a los perros marcar territorio, los parterres de flores están a punto. La poda de plátanos ha sido severa pero las palmeras y los pinos –las copas de unas y otros asoman por encima de la cresta de la plaza de toros sin está sentado en sombra- le prestan al parque esa sombra húmeda y fría de final de invierno.





