Los amigos de Aplausos me llevaron una vez a comer al Rausell. No he comido mejor nunca en Valencia. Ni con dientes ni sin ellos. Han pasado cinco años o alguno más, y si me acerco al cruce de Fernando el Católico con Ángel Guimerá, se me sigue haciendo la boca agua. Soy perro del horóscopo chino, suscribo la teoría de Paulov. La redacción de Aplausos, que está al lado de esa esquina -el Rausell, un poco más adelante- y en un chaflán del ensanche, es muy torera sin pretenderlo. Una biblioteca surtida. En la estantería de la ventana, los tomos de El Ruedo, la colección entera, encuadernados en una especie de seda encarnada ya raída, pero con el regusto rancio de los libros viejos.
En las paredes calendarios de toros. Calendarios especiales, supongo que de encargo. Un toro jabonero de Fuente Ymbro, levantado y de frente, fijo en la cámara, la mirada curiosa. Agustín Arjona sabe sacar de los toros hasta las babas, como si fuera la saliva parte del gesto. Y un toro de cuajo insuperable de Cuadri, negro, hundido en la tierra como un árbol centenario, dormido en ella.
Hace solo dos meses un toro de Cuadri, herido y escondido tras matorrales de Comeuñas, la finca de Trigueros se arrancó por la espalda a Agustín, le pegó tres revolcones bestiales, le rompió el húmero del brazo derecho, le desgajó músculos y le desgarró tendones. Pudo haber sido fatal, pero hoy estaba de vuelta en Valencia. “Tardaré en coger la moto, me da miedo…” Ahora no conduce largas distancias.