Siempre he creído que la primera impresión es la que cuenta…
Y sí, porque la segunda o la tercera a no dudar son de otro relieve pretendiéndose que la primera es la que más valor tiene.
Para abrir una temporada novilleril, qué mejor que el encierro fuese de excelente presentación, -- y más, mucho más, con la cantidad de ganado que hay ahora mismo en la cabaña ¿brava? mexicana. Sería, pues, lo lógico a fin de motivar entusiasmando a un sobradamente entusiasta público para que vuelva pero…
Pero no. Pomposamente se publicitó una gran novillada reduciéndose a seis reses, -- las cuatro primeras de Torreón de Cañas y la dos restantes de La Concepción, ni para correrse un sexteto completo, sino parchado --, que fueron un desfile de mansedumbre y falta de casta en las que la sosería y la intrascendencia campearon, con una presentación vergonzosa, para festival de toreras, y con una miseria, -- escribir pobreza sería un error y no me gusta equivocarme --, de cabezas por lo corniausentes de sus astas lo que dejó al festejito al nivel por demás justo de auténtica pachanga…





