Decepción ganadera en el cierre de la Semana Grande: la de Victorino, la corrida de menos puntos de las siete de abono. Sereno y templado, Ferrera parece otro torero
San Sebastián. 7ª de Semana Grande. Media plaza. Cerrado el párpado de cubierta. Muy caluroso.
Seis toros de Victorino Martín. Corrida de desigual remate, apagada, floja, de rácano empleo y poco juego. Noble el quinto, que no tuvo fuelle. Manejable el cuarto, resentido de un trastazo. Deslucidos por aplomados los tres primeros. Escarbó mucho el sexto.
Juan José Padilla, de caoba y oro, silencio en los dos. Antonio Ferrera, de añil y oro, saludos desde los medios en ambos, con un aviso en el quinto. Diego Urdiales, de azul cobalto y oro, saludos y ovación tras un aviso.
San Sebastián, 21 ago. (COLPISA, Barquerito)
SALIÓ AL ataque el primero de corrida, remató en tablas y pareció que iba a ser de dar guerra. Falsa alarma. Mucha capa de Padilla y su gente, dos puyazos, y en el segundo pegó el toro cabezazos que al salir del peto se tradujeron en una pérdida de manos y una claudicación. Era corrida de dos banderilleros y se cumplió el rito cortés: Padilla cedió un par a Ferrera y abrió y cerró tercio. La banda se atrevió con el Amparito Roca y ese bombo que marca el compás. ¡Ay…! Hacía mucho calor. El toro había echado hacia atrás las orejas como un freno de mano y estaba parado en banderillas. Y esperando. Agarrado al suelo, una pizca reservón, frenado al revolverse. El toro tenía correa pero no motor. A tres pisotones de Padilla respondió con tres viajes regañados. Muchas voces. Nada que rascar. Media lagartijera. Rodó sin puntilla el toro.





