Bitácora. Madrid. 10 de abril 2020
DESPUÉS de los aplausos rituales de las ocho en los balcones se oye ladrar nerviosos a los perros de la calle. Los paseantes y los confinados. Ladra uno y parece dar a entrada al coro. En segundas residencias del entorno de Madrid capital es costumbre extendida dejar perros guardianes entre semana. La guardia se hace ladrando. Y pasa lo mismo que en estas calles de barrio viejo.
Creo que el perro recobra un instinto perdido o domado pero siempre latente. Sobre el sentido del ladrar se ha escrito largo y tendido. Pero sospecho que no se ha estudiado el asunto en las circunstancias de estos días. Calles vacías, sonidos recuperados y antes ocultos. Por ejemplo, el tañido de campanas que apenas se tocaban y sentían hace un mes. Las de la Colegiata, San Pedro, San Miguel o San Andrés. ¿La Almudena también? Lo dudo. Curiosidad sin satisfacer.