El toro bravo, con las medidas contra las corridas, va camino de especie en riesgo de extinción
Aunque se ha reconocido oficialmente que los toros son cultura y sus competencias han pasado al ministerio de tal nombre, a muchos aficionados le da la sensación de que el Gobierno está aprovechando el Covid para acabar con la Fiesta Nacional. Más por nacional que por fiesta. Y para dar la razón a los animalistas. Si en las medidas de ayuda que ha concedido Cultura en plena crisis ha tenido en cuenta al teatro, al cine, a la música, nadie se ha acordado de los toros, para deleite de antitaurinos. Al suspenderse las fiestas populares, la temporada taurina ha quedado inédita. Desde La Magdalena de Castellón, las Fallas de Valencia, la Feria de Sevilla o San Isidro en Madrid, no
se ha dado en España no digo ya una corrida de toros, sino ni una novillada sin caballos. Los ganaderos se han quedado con las corridas en sus fincas, sin embarcar camino de las plazas. Aunque sí camino de los mataderos, para sacrificar tanto toro que sobraba en las mil explotaciones de ganado bravo que mantienen la riqueza ecológica de la dehesa, que viene a ser como una inmensa reserva natural, un Doñana que no le cuesta al Estado un euro mantenerlo en su pureza natural. Los toros que no se han lidiado en Madrid o en Valencia han seguido comiendo pienso todos los días, con cargo al bolsillo del ganadero. Por eso estiman que al menos 10.000 toros bravos han sido sacrificados en los mataderos, en muchos de los cuales no admitían ya más animales bravos, porque no tenían capacidad de almacenar tanta carne. Ha habido ganadero de bravo que ha mandado al matadero casi la mitad de su cabaña, sobre todo de esos toros con cinco años que no pudieron lidiar el año pasado y que con una hierba más, con seis, no podrán servir ni para los por otra parte también suspendidos «bous al carrer», los toros de la calle de las fiestas del Levante español.








