

Cada 16 de mayo, dondequiera que haya corrida, las cuadrillas desfilan destocadas y guardan uncioso minuto de silencio bajo el palco presidencial, lo mismo en Madrid que en el último rincón de España. Este rito lleva 99 años repitiéndose. Y todo porque un 16 de mayo, el de 1920, aconteció lo increíble: que un toro matara a José Gómez Ortega (Gelves 1895-Talavera de la Reina 1920), “Gallito” en los carteles, “Joselito” para el pueblo, y el prototipo más acabado del torero integral. Aquel crepúsculo dominical, la península entera se estremeció con la noticia, transmitida por telégrafo. Incredulidad, pasmo, estupor. El propio Juan Belmonte relata paso a paso su súbita congoja en la célebre biografía escrita por Manuel Chaves Nogales.
Antes de comprometerse a partir plaza aquella tarde en Talavera de la Reina (Toledo), Joselito tuvo que negociar la anulación de un contrato previo con la empresa de Madrid. No fue fácil. El porqué de ese empeño suyo por comparecer en Talavera reconoce una intríngulis ampliamente discutida y comentada en los días que siguieron a la tragedia.






